
“Otros niños pudieron soportarlo, lo han soportado. Mi hermano mayor lo logró, no sé cómo. Yo no pude.”
Casi al final de esta novela encontramos la declaración anterior en boca del narrador, un narrador-protagonista-testigo y a la vez elusivo, testigo indirecto. No pudo superar la muerte de su madre cuando él tuvo diez años, a consecuencia de la epidemia de gripe del 18. Y para asumir definitivamente esa pérdida y a la vez enjugar un sentimiento de culpa, nace “Adiós, hasta mañana”. El sentimiento de culpa lo origina un saludo no ofrecido a su amigo de la infancia Cletus Smith, cuando se cruza con él por los pasillos del instituto de la ciudad, tiempo después de que el padre de Cletus se suicidara tras matar a su vecino de finca y gran amigo, Lloyd Wilson. Así, la novela comienza con un disparo, y ese disparo –el título del primer capítulo es “Un disparo”- evidencia, más allá de la descripción de un crimen horrendo entre dos amigos inseparables, la necesidad que el autor tiene de deslizarse por un camino de memoria y recuperación, a través del que explicar las carencias, la sucesión de pérdidas que conlleva el paso del tiempo, y que Maxwell simboliza en ese amigo al que negó el saludo.
“Aquel disparo nos separó para siempre.”
Pero Maxwell, identificado al máximo con el narrador casi invisible, que apenas interviene en la acción, necesita entender por qué les separó, cómo les separó, y en el fondo cuáles son las claves del funcionamiento de la memoria y los recuerdos, hasta qué punto los recuerdos recomponen o descomponen la realidad.
Y como nos encontramos ante una reflexión sobre la memoria, Maxwell, tras una introducción en la que describe el hecho criminal que da origen a la novela, en un primer capítulo que además crea unas expectativas argumentales de una novela “con” intriga que luego van siendo corregidas, rememora la muerte de su madre, en un capítulo memorable en el que se analiza el impacto que la pérdida de la madre tiene en la infancia de una persona. Contando desde la vejez, la muerte de la madre sigue afectándole: “Nueva York es una ciudad donde uno puede llorar por la calle en perfecta intimidad”.
“Mi hermano menor nació el día de Año Nuevo de 1918, en plena epidemia de gripe. Mi madre murió a los dos días, de pulmonia doble. A partir de entonces se acabaron las tragedias. Nos había pasado lo peor que nos podía pasar y el mundo perdió su brillo.”
Maxwell describe a su familia, nos da detalles sobre ella, aunque esos detalles luego no serán utilizados en el resto de la novela –por ejemplo, su hermano mayor tenía una pierna artificial, como en aquel glorioso relato de Flannery O’Connor- y va teselando un mosaico de tragedia e infortunio mezclado con cotidianeidad. La madre muere pero el padre queda y rehace su vida. Con delicado lirismo, Maxwell va mostrando el sentimiento de pérdida y de resquemor hacia el que queda, porque asimila su actitud con la del enterramiento del recuerdo de su madre.
“(Su padre) Regaló las joyas de mi madre, pero a mí me importó más que se deshiciera de su ropa, porque no pude seguir abriendo su armario para mirarla.” “Que el padre vuelva a casarse se considera una traición no sólo a la madre muerta, sino también a los hijos, sea como sea la madrastra.”
Y la descripción de ese mundo infantil desprovisto de alegría es volcada ante el lector a través de un método que recupera los recuerdos como si fueran briznas recién cortadas de una planta que no envejece en la memoria. Esas briznas de pasado van floreciendo sorpresivamente en la narración, al tiempo que el personaje-autor, autor-personaje, reconoce la condición falible de ese mismo acercamiento sensitivo a la realidad. La memoria manifiesta peligros incluso cuando analiza a su madre, de la que duda cuando tiene que recordarla: “La fotografía retocada se antepuso al rostro que yo recordaba, de modo que cada vez me costaba más saber cómo había sido mi madre de verdad. Pasado un tiempo ya sólo retuve en la memoria su aspecto general,pero seguía acordándome de su voz, recuerdo al que me aferraba tercamente.”
Hay dos frases que definen la estrategia narrativa de esta novela:
“Lo que solemos calificar tranquilamente de recuerdo resulta ser una forma de narración que sucede continuamente en nuestra cabeza y que cambia frecuentemente al divulgarse”.
“Lo cierto es que, al hablar del pasado, mentimos a cada paso.”
A partir de la asunción de esta condición falible del recuerdo se afronta la narración, estructurada de un modo desconcertante pero muy moderno, lo que hace que treinta años después de su publicación posea el encanto posmoderno de lo fugaz, de la indefinición narrativa, del acercamiento al nódulo de la trama desde diversos campos y estructuras que se van renovando conforme avanza la novela. Así, hay tres bloques en la novela: una parte de la narración es la rememoración personal –su historia familiar, la muerte de la madre, el luto-, otra una exposición de hechos objetivos, desde el presente del narrador –el crimen de Lloyd Wilson, lo que los periódicos contaron de él-, y hay otra, la más arriesgada –toda la historia de Cletus y el asesinato que comete su padre- que es recreada, narrada como si de una novela convencional se tratase, pero Maxwell declara conocer este tramo por las noticias que conmocionaron al pueblo en la época del crimen. Maxwell y el narrador –indisociables ambos en este caso- dicen que no habían visto en su vida a Lloyd Wilson: “La única fotografía que he visto de él, o de Lloyd Wilson, fue la que salió en la portada del Courier-Herald” (Pag. 52); “No sé qué aspecto tenía ella” (Pag. 51). Es decir, el narrador cuenta lo que pudo ocurrir, tal y como él lo imagina, para explicar lo que ocurrió.
Lo que ocurrió fue que de alguna manera propia de la adolescencia, el narrador culpabilizó a un hijo del crimen de su padre. La historia de Maxwell está motivada por un profundo ataque de culpabilidad al recordar el día en que despreció a su amigo Cletus Smith, padre del asesino de Lloyd Wilson. Eso dispara su “necesidad” de memoria. Pero desde el principio, cuando recuerda a los niños que le pegaban y perseguían al salir de clase simplemente porque ellos eran malos estudiantes y él tenía “la mala costumbre de responder correctamente cuando me preguntaba en clase”, admite sentirse culpable también de todo eso: “Al volver la vista atrás me doy cuenta de que todos mis problemas me los buscaba yo solo.(...) Era obvio que había algo en mí que lo propiciaba”. En el fondo, el narrador aprende a ser compasivo con los demás para perdonarse su deseo de culpar a alguien de la muerte de su madre, y sus propias debilidades. Cletus aparece en su vida como una figura nueva. Precisamente el título de la novela reproduce las palabras que Cletus y él se dirigían como despedida después de cada tarde de juegos. Maxwell reconocía en Cletus a un igual, alguien que se ponía a su nivel, que le aceptaba y que incluso aceptaba sus sugerencias respecto a qué podían o no jugar. Por eso es más doloroso para Maxwell, desde la atalaya de la vejez, seguir preguntándose por qué despreció a alguien inocente para inventar una disculpa de su propio miedo a profundizar en Cletus. Y así, el escritor, desde la vejez, repito, escribe, indaga, investiga sobre aquel crimen y lo cuenta como si fuera una invención suya, pero al tiempo esa invención le permite ahondar en la verdad, en su miedo, en su nostalgia, en el deseo de concordia con su propio pasado. Y no teme anunciar los trucos de los que se vale para reproducir lo que él no pudo conocer.
En las págs. 75y 76 Maxwell dice: “A menos que intervenga el azar, la única posibilidad que tengo de volver a establecer contacto con él (Cletus) no parece estar en el presente, sino en el pasado, al intentar reconstruir ese testimonio que a él jamás se le requirió. (..) Si al lector le cuesta creer alguna parte de la mezcla de verdad y fantasía que se ofrece a continuación, le consiento que la ignore. Me conformaría con atenerme a los hechos, si los supiera. Primero tengo que inventarme un perro...” Ese perro será luego el punto culminante de la historia, y desde su punto de vista se contará la terrible desintegración de una amistad y de una familia, en paralelo a la desgracia del animal, en una utilización de la criatura que me recuerda al del famoso capítulo de la tortuga de Las uvas de la ira, de Steinbeck.
Maxwell asimila esa parte de la narración a una baraja que se pone poca abajo y de la que se van extrayendo cartas –los personajes, los detalles, los añadidos narrativos que darán credibilidad a lo que el niño no conoció-. Hay que recordar respecto a este símil que Maxwell-narrador recuerda cómo su madrastra, Grace, se unía a otras mujeres del barrio para jugar al subastado y al bridge. Tardes pasadas jugando a las cartas. Sutil modo de engarzar el presente del novelista que inventa con el del amigo que es recordado y el pasado del niño sin madre que es evocado.
Así funcionan las cosas en esta novela mágica, extraña y cercana, en la que hay que poner mucha atención para caminar con precisión por sus vericuetos rememorativos, y en la que se da siempre una oportunidad al pasado de ser ennoblecido, mejorado, a través de la narración de varias muertes paralelas de seres que eran queridos y que con la pena que nació de sus muertes alimentaron una sensación profunda de pérdida que duraría lo que dura una vida, o una novela.
Adiós, hasta mañana - William Maxwell
Editorial Libros del Asteroide.
Fotografía: Chris Jelley.