16 noviembre 2009

Haikus (Inéditos) - Ángel Olgoso.

Como complemento a la anterior entrevista a Ángel Olgoso, en el que se hablaba de ese libro, se publican aquí por vez primera vez varios haikus de Izumi, volumen aún inédito.


De nuevo el otoño, plácido y austero.
Al caer la tarde,

pequeños incendios de broza sobre los campos.

Sin entender,

arrastrada por el viento,
la libélula.

Suenan al caer,
en las raíces ensortijadas del olivo,
un par de aceitunas.

Manantial glorioso
al pie del monte.
No hay nadie.

Tormenta estival.
Después, huidizo, huidizo
arco iris.

La profunda noche sola
en la casa silenciosa.
El sonido del reloj.



Una palpitación, una esencia,
un eco súbito, un piadoso destello
de lo que ha sido amado.

El recogimiento del gato.

No deposites en él ninguna esperanza,
después de tu muerte.

El amante busca triste y delicadamente,

en el fondo de la antigua caja,
un mechón de cabello, polvoriento.

Bajo el quieto arrecife
de la vida de los hombres,
miríadas de luchas.

Cuando intentas conocerla,
la nube no es más que una nube,
y se disipa.


Desde las nubes
una nube
nos mira
a la deriva.

Caen en verano

corazudos coleópteros
sin ruido al suelo.

Se ha movido
un poco,
y sin viento.

Espantapájaros.

09 noviembre 2009

Ángel Olgoso: "Siempre me ha obsesionado la extravagancia que supone lo efímero de la vida".

La publicación de "La máquina de languidecer" de Ángel Olgoso (Cúllar Vega, Granada, 1961) en la editorial Páginas de Espuma es una magnífica noticia para ir acabando este año. Libro grande de un escritor mayor, compuesto por microrrelatos, compendio de otros libros suyos, mezcla de fantasía y lirismo, es la ocasión definitiva para que la obra de Olgoso logre ocupar el lugar que le corresponde. Es un síntoma preocupante del estado de la edición española el que, como Olgoso confiesa en esta exhaustiva entrevista, "La máquina de languidecer" sea su primer libro publicado por una editorial nacional, después de treinta años de escritura y casi veinte de publicaciones. La gran noticia es que ese momento ha llegado. Aprovéchenlo. Con ustedes, Ángel Olgoso.



1. Es inevitable comenzar con tu condición de escritor oculto, con un grupo fiel de seguidores apasionados, pero que no tiene la repercusión que merece y que el tiempo, sin duda, le dará. Hay extrañas resistencias a reconocer la valía de tu obra, desde el principio. Pondré un ejemplo curioso: tu primer libro, Los días subterráneos, que ya evidenciaba una calidad extraordinaria, fue finalista, pero no ganador del premio Gustavo Adolfo Bécquer, que por aquel entonces, 1991, se entregaba a autores jóvenes. Perdió ante un autor hoy desconocido. Yo no tengo ninguna duda -y quería empezar la entrevista con esto como una declaración de principios- de que dentro de cincuenta años, cuando no estemos por aquí la mayoría, tu obra formará parte del canon de la literatura española de este tiempo. Pero la travesía se puede hacer insufrible para un autor que encuentra tanta absurda falta de reconocimiento. ¿Cómo escribe un autor desde el silencio -relativo, es cierto, he comenzado hablando de tu grupo de seguidores-?

Estoy acostumbrado. Tanto, que aún dudo si es un paso lógico publicar un libro tras haberlo escrito. Pero soy el único responsable: esta fortuita vocación marginal o minoritaria, esta resignación oriental, no resultan tan absurdas cuando durante treinta años uno se ha limitado a escribir relatos y, además, fantásticos (lo que debe ser como sembrar en arena); cuando se ha creído ingenuamente que ésa era la única labor del escritor y se ha hecho sin esperar demasiado, sin sentido de futuro; y, sobre todo, cuando uno tiene tantas limitaciones (terrible timidez -en una ocasión logré no asistir a la presentación de mi propio libro Cuentos de otro mundo-, carácter tercamente solitario, pereza para mercadear, falta de ambición, de contactos, de entusiasmo social en definitiva). Aunque siempre es agradable el reconocimiento, quizá el hecho de ser recibida con silencio o con fuegos artificiales carezca de relevancia para la obra en sí. De cualquier forma, en mi candidez continúo viendo al escritor como un puro Sir Galahad para el que sólo cuenta la recompensa interior, el privilegio de ser fiel a sí mismo, el valor supremo de escribir con total libertad, esas cosas que no sé si conllevan ciertos incovenientes pero que sin duda parecerán obvios disparates. De tener un sueño, es uno modesto: tiempo para escribir algún relato más. Lo otro, la ilusión que todos guardamos de publicar sin acabar demasiado malheridos, o de que se le preste una mínima atención a nuestra obra, entra en la categoría de absoluto milagro (a fin de cuentas, soy uno de esos a los que Chandler llamaba endurecidos veteranos de las cartas de rechazo: mucho tiempo después de conseguir publicar los relatos de Los demonios del lugar gracias, como de costumbre, a un pequeño premio literario, aún seguía recibiendo cartas de editoriales que rechazaban el libro, indicando alguna de ellas con certera puntería “le devolvemos su novela”; y un libro de haikus que escribí en 1992 -Izumi- aún permanece inédito tras ser repudiado tan infaliblemente como esas puertas marcadas con una cruz de sangre en tiempos de peste, acaso por lo anómalo del género en aquella época y ahora por la epidemia en que se ha transformado esta forma breve, inefable y volátil). No sé, Miguel Ángel, cada uno tiene su propia historia y la mía me dice que se puede ser sin ser percibido. Tal vez las cosas llegan cuando tienen que llegar, incluso si se ha ido a contracorriente; tal vez sea saludable luchar en vano contra fuerzas fatales, tal vez sea elegante no luchar en absoluto; o tal vez, como dice Jelinek, la marginación es el lugar del escritor. Por otra parte, te agradezco de manera muy sentida -y ruborizado como un condenado melocotón- la generosidad de tus elogios, pero por exigencia del decoro no creo que deba aceptarlos hasta que yo mismo esté mínimamente satisfecho con mis relatos.

2. De esa trayectoria de búsqueda y persistencia da la medida el que desde tu primer libro se habla de un misterioso inédito llamado Los líquenes del sueño, y que ha sido muy recurrente en tu vida hasta dentro de poco, en que al fin, veinte años después de aquel anuncio, será publicado un libro tuyo con ese título. Cuéntanos la historia de esa lucha en pos de un título.

Ese libro fue creciendo desde los ochenta hasta convertirse en un horizonte que nunca podía alcanzar. En 1999 creí lograrlo cuando bajé la guardia y permití que se publicara como Granada, año 2039 y otros relatos en una colección de temática granadina de Comares. Por imposición editorial -neciamente acatada ante la razonable perspectiva de ver, por fin, un libro mío en los estantes de una librería tras veinte años escribiendo relatos-, tuve que cambiar el orden de los textos y aun el título, e incluir como “locomotora que tirara de los vagones de los demás cuentos” un viejo divertimento (Ordenación patafísica, heterodoxa y multidisciplinar de Ganada en el año 2039). Sería demasiado prolijo contar la odisea de su publicación, de la corrección de pruebas de imprenta a contrarreloj en la sede de la editorial, escapándome furtivamente del trabajo varias horas durante una semana (mientras revisaba al mismo tiempo, en un estado de máxima urgencia, las galeradas de Cuentos de otro mundo y preparaba la edición lastimosamente casera de Nubes de piedra); de los adrenalínicos retrasos de impresión a unos días de la Feria del Libro; de la naturaleza escurridiza del contrato, de la persona encargada de proporcionármelo y hasta del ordenador que debía imprimirlo; o de Justo Navarro intentando leer apresuradamente el grueso tomo, mientras era zarandeado en el coche que lo traía desde Nerja, camino de la presentación que debía hacer del mismo dos horas más tarde en el Museo Casa de los Tiros. Para mi escarmiento, después he podido ver el libro no sólo en el estante de narrativa, sino en el de ciencia ficción y en el de guías turísticas. Supongo que he tenido una vida editorial algo nefasta -no tanto como la de Julio Ramón Ribeyro, por ejemplo-, pero si te digo que el único artículo que he publicado en un periódico en toda mi vida, en el Ideal de Granada, apareció firmado por Miguel Ángel Blanco -redactor de cultura del Ideal de Almería- verás que no exagero. El próximo año, felizmente, Tropo Editores va a publicar Los líquenes del sueño como lo concebí en un principio: una especie de antología o reunión bastante completa de mis primeros veinte años de relatos y, también, una rotunda afirmación de los sueños y la imaginación. Por supuesto, dudé si obedecer la implacable línea de A. F. Molina (“Quemar los escritos que no queman”) o dejar el libro tal y como era, con sus tanteos y sus debilidades. Al final decidí no quemar los puentes sobre los que uno caminó más o menos tortuosamente en el pasado.


3. El conjunto de tus cuentos está adscrito al género fantástico. Creo, de hecho, que una de las virtudes de tus cuentos es que la lectura global de tu obra es una pequeña enciclopedia del género fantástico, en el que hay ejemplos de todas sus modalidades, alternadas dentro de tus libros: el gótico, el fantástico romántico, el detectivesco victoriano, el terror oriental, el lovecraftiano terror cósmico, los bestiarios, la erudición borgiana. Sólo echo en falta, a excepción de unos pocos ejemplos que no figuran entre los más logrados tuyos, el fantástico cotidiano que inició Cortázar.

No puedo evitarlo: me gusta lo poco común, me encuentro cómodo con lo extraño y me procura una enorme felicidad estética lo asombroso y lo inquietante. Pla decía que la sensación de hallarse en un mundo desconocido deja el espíritu como nuevo. Debe de ser eso. Por no hablar del placentero latigazo que se recibe al conseguir atrapar la escurridiza anguila eléctrica de lo inaudito, de “lo otro”, de lo que está más allá de nuestro alcance y de las limitaciones del espacio y el tiempo; o al abordar conjeturas y paradojas (quizá exista un mundo anterior olvidado por nuestra especie o un tiempo distinto al cronológico, quizá todo el tiempo ha transcurrido ya y nuestra realidad es sólo un eco tardío del proceso, quizá los solipsistas tienen razón y cada uno crea su propia realidad...). La verdad es que no sé de dónde procede esta inclinación personal por lo fantástico. Lo más probable es que surja de un rechazo bastante visceral a la tiranía de lo cotidiano -más cruel y, sobre todo, mucho más inoportuna que lo extraordinario, que los lugares lejanos y exóticos, que la bruma de los misterios y los sueños-, pero también puede venir de mis ancestros gallegos, de los libros que leí en la biblioteca de La Salle o, incluso, de las historias que de pequeño escuchaba a las mujeres en la tienda de mis padres -mientras levantaba ordenadas montañas de fruta, embolsaba picón para los braseros o me acodaba en el mostrador junto al tambor de arenques-, historias que hacían del mundo un lugar extraño y complicado pero también pintoresco y fascinante, que estimulaban la imaginación y la curiosidad pero también el temor. Me gustaría pensar que sí, que dentro de mis posibilidades y siguiendo la divisa patafísica (“Me esfuerzo de buena gana en pensar cosas en las que pienso que nadie pensará”) y la de José María Merino (“La literatura debe hacer crónica de la extrañeza”), he intentado explorar exhaustivamente ese territorio fronterizo entre la vida soñada y la real, regido por leyes propias. Y el relato breve fantástico, que en apariencia es un registro muy acotado, una parcela muy limitada, me ha permitido siempre cultivar el espacio sin límites de la imaginación -luego los frutos han crecido más o menos comestibles, claro-, rebasar la sordidez y banalidad de lo real mediante ensoñaciones y especulaciones, hacer inventario de mundos, poner a prueba la percepción de lo familiar, ver -como Blake- el mundo en un grano de arena, desmentir la queja terrible de Dalí que tanto me impresionó, cuando se lamentaba de que nada de lo que puede ocurrir ocurre nunca. No sé si estarás de acuerdo conmigo (a tenor de tus relatos, diría que sí) en que la realidad es una ilusión, muy poderosa, pero ilusión al fin y al cabo, y que lo que vemos y oímos sólo representa una parte de lo existente (ya Demócrito advertía que de la realidad no aprehendemos nada que sea absolutamente verdadero). Pues bien, yo creo que no escribo de espaldas a esa ilusión de realidad, ésta sería más bien la tapia sobre la que me aúpo -tan ruinosa que sus escombros pueden desgarrarte las manos- para tener una perspectiva distinta e imprevista, compleja y sorprendente, una visión más amplia y a la vez más pormenorizada, casi caleidoscópica, de los mundos y dimensiones que se despliegan al otro lado. Por muy embarazoso que resulte, me atrevo a decir que lo fantástico, sustentado con frecuencia en un proceso lógico, ilumina los rincones en sombra de lo que no sabemos. Hace poco leí que la raíz indoeuropea común a las palabras fantasía, fantástico y fantasma, es BᾹTHIS- (“luz resplandeciente”), que como ves designa lo contrario de oculto u oscuro. Respecto a lo fantástico cotidiano, tienes toda la razón: me cuesta reforzar la tramoya con datos verídicos, algo tan necesario en el fantástico para que el lector experimente después la angustia de lo desconocido. Y es que, como a Perucho, no sólo no me interesa contar lo que le sucede todos los días a todo el mundo, sino que en mi caso no sé hacerlo, y si supiera me resultaría muy penoso realizar una copia naturalista de algo que aborrezco. Es cierto que el relato fantástico debe vincularse con la realidad -aunque sea prendido de un hilo de seda- pero no necesariamente con la que es más rutinaria, sino con la del mundo interior, abismal y secreto del hombre, la que atañe a los estados de conciencia, a la memoria colectiva, a los procesos oníricos. Prefiero reinterpretar la realidad, suplantarla, lograr lo que Gil-Albert decía maravillosamente de la literatura de Rafael Dieste, “una minúscula centella de vivos sueños vencedora de la pesadez de la tierra”. Disculpa por extenderme tanto. Quizá no deberías haberme preguntado sobre un tema que me apasiona... Nadie va a creer que soy autor sólo de brevedades.


4. Los demonios del lugar me parece tu obra maestra y también el libro que aglutina tus distintos modos de narrar el fantástico en un solo libro. Quizás sería interesante que contaras cómo nació ese libro, en qué condiciones y con qué variadas peripecias hasta llegar a ser publicado.

Ese libro fue mi propio, aunque modesto, descenso a los infiernos. Tras cinco años sin escribir, y en mitad de una serie de desagradables circunstancias, aproveché una baja prequirúrgica para volver a los relatos (si me consientes la osadía, en esto me parezco más de lo que quisiera al escultor Manolo Hugué, del que Pla decía que durante muchos años su producción fue una propina intercalada entre largos períodos de inactividad). Semana tras semana, como ignoraba si el médico de cabecera me daría, en ese momento, el alta para incorporarme de nuevo al trabajo antes de la lejana operación -y era, además, la primera vez en mi vida que podía escribir a tiempo completo-, lo hacía a contrarreloj, de día y de noche, como un perro vagabundo que saciara furiosamente su sed en un manantial inesperado, si se me permite esta bochornosa analogía. La presión y el furor creativo derivaron en terribles migrañas y una medicación inadecuada hizo que acabara ingresado en Urgencias, con todos los valores descompensados. Pese a ello, y tras tomarme las cosas con un poco más de calma, un servidor -que es de una lentitud lamentable y normalmente tarda eones en terminar un relato- consiguió escribir ciento cincuenta en esos meses previos a la operación (los de Los demonios más los de La máquina). El primero no fue planificado como conjunto, trabajé cada relato según acostumbro, arriesgando al máximo, hasta convertirlo en una pieza única e independiente. Más tarde, a la hora de organizarlos, me di cuenta de que todos compartían una atmósfera malsana, enrarecida, angustiosa o incluso macabra. Eran tan oscuros que -vista la nula receptividad de las editoriales a las que los enviaba y el persistente descalabro en concursos de libros de relatos- decidí reordenarlos y probar suerte en el certamen de literatura de terror que, sorprendentemente, propició su publicación. Tengo la sensación, seguramente errónea, de que son en general relatos como visiones, en los que intenté expresar el mal y el pavor de una forma delicada (ese miedo que según Ánxel Fole agranda las sensaciones), con énfasis en la percepción del prójimo como el más formidable y refinado de los torturadores. Al parecer intenté también -de manera involuntaria y retrospectiva- una actualización y reelaboración de los mitos del género de terror. Intenté, en fin, una prosa más densa, trabajada a conciencia, que buscara la belleza agónica de las palabras, su cualidad casi hipnótica, por decirlo así; puede que reclame toda la atención del lector y lo obligue a dejar de lado cierta comodidad, pero creo que a cambio se ve recompensado al sentirse dentro de la historia, en lugar de creer que simplemente se le está contando una historia.

5. ¿Cómo se fabrica un Olgoso? ¿Qué conglomerado de lecturas y pasiones varias –el talento es ya cuestión de la que no podemos sacar norma-, y sobre todo qué metodo de escritura se bate en tu interior para llegar hasta el momento de la elaboración de tus cuentos, cuentos que denotan un enorme caudal de lecturas y documentación, una búsqueda obsesiva de la palabra exacta, mezclada con un afán de trascendencia lírica?

Suponiendo que tal cosa exista, con mucha torpeza y lentitud, con cuentagotas, avanzando con pequeños arranques como un cachorrillo asustadizo, y siempre que haya tiempo por delante y vecinos mudos e inmóviles alrededor. Como soy perezoso, poco constante y dependo por completo de las circunstancias, a veces he estado en barbecho durante cuatro o cinco años hasta encontrar el momento propicio para escribir. Y, cuando lo hago, por lo general no tengo método, no suelo planificar los relatos (excepto los más largos), no pienso en decálogos, premisas, coordenadas o segundas lecturas, sólo escribo trabajosamente a partir de algunas notas, palabra a palabra, plegándome a las exigencias de la historia, y después corrijo a conciencia. Aunque si me viera obligado a suscribir una fórmula creativa, no me importaría que fuera la postulada por Anderson Imbert: intuición poética (como un éxtasis) más intriga singular (estéticamente valiosa) igual a forma expresiva con desenlace imprevisto. Pero ya que no soy ningún teórico, entrevistas como ésta me dan la oportunidad de volver hacia lo escrito, me obligan a pensarme y, si miro atrás, veo que instintivamente parto casi siempre de una situación irreal (quizá crea que un hecho debe salirse de la experiencia común para justificar la narración) y que luego voy reforzando poco a poco la verosimilitud hasta lograr que el lector dude y se inquiete. Pensándolo mejor, sí hay cierto método: me siento cercano al detallismo de la taracea granadina a base de incrustaciones de teselas; al igual que estos artesanos, procuro amoldar minuciosamente cada palabra a las necesidades de la narración, crear algo que tenga el peso justo, las dimensiones justas, o si me permites usar símiles culinarios, procuro retirar la aparatosa carcasa de la historia, los menudillos de la psicología y la genealogía, la grasa de los tiempos muertos, y dejar sólo un texto destilado, donde a lo sumo aparezca el tuétano de los personajes y el aroma concentrado de la atmósfera. Metidos ya en harina, también son de mi dulce predilección aquellos amanuenses medievales que daban cuenta de lo que imaginaban más que de lo que veían. Decía Lichtenberg que hay que tratar de ver en cada cosa lo que no se ha visto todavía, lo que no se ha pensado nunca. Ésa es una de las pasiones varias de tu pregunta. Supongo que intento traducir el sentimiento de extrañeza que me produce el mundo (tal vez por eso en muchas ocasiones mis relatos parecen la puesta en escena de una fantasmagoría), supongo que intento fijar por escrito un sueño antes de que desaparezca, concretar lo mejor posible -con intensidad, concentración y belleza-, esa imagen, esa idea, esa pequeña nube movediza que tiene uno en la mente. Escribir es algo muy simple y, al mismo tiempo, algo muy complejo y personal, y analizar este misterioso fenómeno puede resultar tan disparatado como intentar desmontar un relámpago en piezas o verbalizar el crecimiento de los pétalos de una flor.

6. ¿Puedes hablarnos de tus autores preferidos de relato corto, y cuáles han influido más en el origen y formación de tu obra?

Antes de hablar de devociones me gustaría remontarme un momento al magma placentero de cuentos breves y fragmentos de novelas que entreveraban los libros de Lengua y Literatura. Puedo revivir la deliciosa emoción de aquellas interminables tardes de lluvia mientras leía sus párrafos una y otra vez en lugar de estudiar, mucho antes de soñar siquiera con tener una biblioteca que pronto empezaría a poblarse, entre otros, con libritos de la colección Básica Salvat RTV. Aún me relamo al recordar ese bazar de lo fabuloso, esos extractos de La pata de palo, La mujer alta, Viaje a la Alcarria, Nunca llegarás a nada, Los niños tontos, Tiempo de silencio, La urraca cruza la carretera o, sobre todo, la maravilla de Alfanhuí. Unos años antes, en 1973 para ser exacto, en La Salle, había descubierto la belleza de las palabras -e incluso la comezón de la escritura- gracias al deslumbramiento que supuso La casa encendida de Luis Rosales. Y cinco años después de ese bautizo gozoso y cómplice llegó la conmoción y conversión definitivas, la zambullida completa de cuerpo y mente, con la Antología de la literatura fantástica de Borges, Bioy y Ocampo. Aquel libro impagable (un querido ejemplar que Bioy Casares me dedicó en 1995, y que me sigue pareciendo un relicario enjoyado a pesar de su papel barato y amarillento), además de inocularme para siempre el veneno del relato fantástico, se extendió como las olas que forma una piedra arrojada en un estanque y me guió desordenadamente a otros muchos libros y autores. Para que esto no parezca el guirigay de los niños del coro en la Misa del Gallo, podría intentar organizar la interminable lista de autores preferidos en tres principales vetas nutricias, que participan todas del fantástico: la victoriana (Stevenson, Wells, Conan Doyle, Kipling, Lord Dunsany, M. R. James, Machen, Saki, De la Mare), la sudamericana (Quiroga, Lugones, Borges, Felisberto Hernández, Rulfo, Cortázar, Bioy, Arreola, Wilcock, Piñera, Denevi, Levrero, Brasca, Shua) y la italiana (Buzzati, Landolfi, Calvino, Manganelli). Quizá debería añadir una cuarta, la norteamericana (Bradbury, Dick, Brown, Ellison). Destacar también, naturalmente, la influencia directa y vívida de tres poderosas vetas individuales (Maupassant, Chéjov y Nabokov) y de una constelación de narradores muy distintos cuyo brillo me cegaba a medida que los descubría (Schwob, Vian, Jean Ray, Bukowski, Beckett, Dinesen, Chandler, Michaux, Kawabata, Merino, Bernhard, Mrozek, Dieste, Örkény, etc). Pero sin duda, desde la adolescencia hasta hoy, mis dos dioses tutelares han sido Poe y Kafka. Más que vetas que preceden a las otras o se elevan sobre ellas -primigenia una, de avanzadilla la otra, desasosegantes ambas-, Poe y Kafka son en sí mismos montañas inabarcables.

7. Escoge uno de tus relatos preferidos, por el motivo que sea, de cualquiera de tus libros: analízalo, cuéntanos cómo lo creaste, cuánto te llevó, háblanos de él cuanto quieras.

No sé si esto interesará a alguien, Miguel Ángel, pero puestos a elegir hablaré un poco de "Los palafitos", y no porque sea mi relato predilecto o esté más o menos logrado sino por lo dificultoso de su gestación y el tiempo que tardé en escribirlo, cinco años. Recuerdo la imagen inicial de un mundo vagamente neolítico, como recién creado, silencioso, sin apenas muestras de la incipiente civilización humana. Esa imagen, que contenía ya la sustancia poética del cuento, me llevó de nuevo a un tema que siempre me ha fascinado: la escurridiza naturaleza del tiempo. Aunque había tratado los viajes y juegos temporales en bastantes ocasiones ("La vaina", "Donde las órbitas retornan", "El bucle", "Rip Van Winkle", "Viaje", "Relámpagos", "La expectativa", "Los mil cerezos de Yoshitsune", "El valle", "Ratibor", "El papel", "Dulcedumbre", etc.), quizá lo hice de una manera demasiado evidente; en "Los palafitos" sabía que la deriva hacia el vórtice espacio-temporal iba a ser más enigmática, más indefinida, más tenue. Comencé y descarrilé a las tres páginas. El relato implicaba la creación de un mundo completo, me pedía una extensión más larga, una distancia que me cuesta dominar acostumbrado como estoy a las miniaturas. Requería además mucho diálogo, algo que tampoco es mi fuerte, y que deslindara claramente en esos diálogos el lenguaje arcaico del pescador y el funcional del paseante y narrador. Sin embargo, imagino que el principal obstáculo fue cómo conseguir que el lector aceptara con naturalidad la progresiva demolición de la historia universal, cómo borrar las referencias físicas, geográficas, sociales y culturales al presente o al progreso humano. La tarea me pareció ingente y la sensación de castillo en el aire más alarmante que de costumbre. Pero esa interrupción era distinta, ese fracasar de entrada no era sólo lo de siempre, la imposibilidad de traducir fielmente una difusa imagen inicial, una experiencia interna (el parturient montes, nascetur ridiculus mus de Horacio). Durante cinco años estuve dándole vueltas al relato sin atreverme a abordarlo, y en ese lapso regresaron las perpetuas dudas e inseguridades, la lentitud, la falta de fuerzas y de talento. Un día, transcurrido ese tiempo y madurado mentalmente el encuentro entre los dos únicos personajes, me senté a escribir y, no sé cómo, logré culminar aquel absurdo desafío. Al final resultó una traslación temporal algo paradójica, ya que el protagonista, a pesar del continuo extrañamiento, se niega a afrontar la realidad de una irrealidad evidente, se resiste en todo momento a esa reversión de su mundo. Martin Gardner opina que el espacio y el tiempo son como las dos lentes de unas gafas sin las cuales no veríamos nada; que el mundo real, el mundo externo a nuestras mentes, no se percibe directamente, y que por tanto sólo vemos lo que nos transmiten nuestras gafas de espacio-tiempo. Pues bien, te confieso que unos de mis motivos para escribir es el placer que me procura intentar despojar al lector de esas gafas, impidiéndole una aceptación sumisa de las leyes espacio-temporales. Todos estamos presos en el tiempo como insectos en ámbar y a todos nos gusta escapar por un rato de la prisión. A diferencia del protagonista de Los palafitos, yo huiría sin pensar del infierno del mundo real; de hecho, lo hago cada vez que escribo, y me dirijo invariablemente a esa zona apasionante que se encuentra entre la realidad y la fantasía. Respecto al estilo del relato, supongo que esa armonía entre fondo y forma a la que aspiro desde que comencé a escribir exigía un desarrollo clásico (al modo de "El país de los ciegos" y "La puerta en el muro" de H. G. Wells, o de "El anciano de las visiones" de Algernon Blackwood). Supongo también que debí emplearme a fondo con el lenguaje para lograr la atmósfera adecuada, ominosa y exuberante a la vez, para mostrar esa amenaza en sordina, innombrable, que sube desde el mundo acuático hacia el terrestre y vegetal, la no tan absoluta indiferencia de una naturaleza primordial, de belleza misteriosa y profundas sombras. Y te digo supongo porque tampoco hubo una planificación exhaustiva, muchas veces no la hay (excepto en "El Lecho Celeste del doctor Graham" y sus tres meses de búsqueda y asimiliación de material sobre el Londres victoriano, y en "Bárbaro solo", para el cual inventé una geografía, dibujé un mapa detallado de las regiones que iba a atravesar el protagonista y preparé minuciosamente cada una de las etapas de su viaje), ya que la intención inicial es una nebulosa que se va concretando poco a poco y, en ocasiones, puede ser modificada por el avance de la acción o por el engranaje de las propias palabras empleadas. Para no aburrirte más, decir que tras releer "Los palafitos", el relato me ha parecido un curioso acercamiento a los desajustes temporales, a la relatividad de las cosas o, tal vez, una meditación sobre las segundas oportunidades, individuales y colectivas, que me llevó demasiado tiempo.


8. En tus primeros cuentos, el efecto sorpresa se utilizaba de un modo aún juguetón, como un cierre imprevisto para cuentos que parecían ir por otros derroteros. Sin embargo, progresivamente las historias se llenan de sentido y contenido y lo que ocurre es que los finales acaban viéndose como el final lógico y enriquecedor de la historia. En otras ocasiones, optas por la baza de que la belleza literaria del lenguaje nos distraiga del golpe final de ingenio, con lo que se lo supera. Ejemplo de esto sería el cuento “Anestesia”, de Cuentos de otro mundo.
Es cierto. Admito que quizá al principio abusé un poco de este pecado benigno (trick story creo que lo llaman) y su lúdico cosquilleo. Pero, aunque no podía evitarlo y sabía que era una forma algo rudimentaria y brusca de sacudir al lector, confiaba casi siempre en estar haciéndolo por exigencias del guión, sin que estas emboscadas incruentas fueran un fin en sí mismas, de buena fe, para quitar un momento la tierra de la certeza bajo los pies del lector. Atendiendo a Borges, si el final es asombroso e inevitable, mejor. Atendiendo a Valadés, es como pisarle la cola a un alacrán para conocer su exacta dimensión. Como bien dices, en mis últimos libros lo sorpresivo se ha hecho más sutil, la estocada se ha suavizado. Sin embargo, aunque en muchas ocasiones cierro el relato en círculo o, si lo requiere, dejo abierto el tejido en su desenlace para que el cuerpo del texto supure lentamente, sigo sintiendo debilidad por los finales inesperados -siempre que sean coherentes-, pues esas apoteosis, esas minúsculas implosiones, permiten de un modo más contundente amplificar el sentido, resolver o multiplicar el conflicto planteado y, sobre todo, reversibilizar el relato, releerlo en sentido inverso a la luz de ese final que no dejará indiferente al lector. Carlos Pujol lo expresó a la perfección: “Si la literatura no tiene una sorpresa constante no tiene gracia. Para eso, ya está la vida”.


9. Tengo la sensación de que tus cuentos requieren de un mundo de referencias culturales, literarias y estéticas que en algunos casos impiden el total disfrute de los cuentos, por su alta exigencia, pero a la vez ese mundo te permite una compresión enorme de lo contado, puesto que esas referencias aparecen de modo elíptico y no necesitan ser dichas, por lo que el cuento se contrae, al tiempo que cuenta más y más.

Cada uno está hecho a lo suyo. No sé si habrá que acercarse a mis relatos con un mayor o menor bagaje pero, aunque tal vez sí requieran cierta concentración y disposición anímica, te aseguro que no levanto muros deliberados ante el lector ni pretendo arrojarlo a impías profundidades llenas de referencias arduas. En cada relato intento -del modo más inofensivo, casi sin darme cuenta- utilizar la forma adecuada para contar aquello que quiero contar, me entrego por entero a sus necesidades, le doy lo que la naturaleza de cada texto me pide, ya sea una historia antipática o agradecida, explícita o insinuante, alucinatoria o luminosa, una extensión dilatada o microscópica, un desarrollo clásico o innovador, una ambientación minuciosa o austera, un lenguaje seco o de arabesco, un final rotundo o diluido. Supongo que esas referencias de tu pregunta eran imprescindibles para lograr la atmósfera de determinados relatos (como sabes, según Lovecraft es la atmósfera y no la acción el gran desiderátum de la literatura fantástica), para obtener una especie de reverberación mental -tanto tras su lectura como durante la misma-, esa clase de intensificación de la realidad de la que habla David Roas. Aunque también podrían ser consecuencia de mi versatilidad de viajero inmóvil, que necesita algunas señalizaciones para trasladarse mentalmente a distintas épocas o geografías. En cualquier caso, antes de ser exigente con mis poquísimos lectores procuro serlo conmigo mismo (tratar de agradar al lector puede llevar a la mercadería), alejándome del lenguaje funcional, buscando que los relatos precisen más de una lectura, intentando crear un mundo personal y extraño que se baste a sí mismo, eventualidad esta de lo más deseable.




10. Cuentos de otro mundo, que recibió el premio Caja España de cuentos, y ha disfrutado -y padecido, por muy minoritarias- dos ediciones, me parece un libro fundamental en tu trayectoria, y ejerce de bisagra entre la primera época, de experimentación y acercamiento a tu estilo, y la madurez posterior (además de ser un ejemplo de ese nuevo camino que descubre lo mejor de tu estilo: el microcuento de menos de una página). La máquina de languidecer es tu último libro publicado, pero no el último escrito. Redactado entre Los demonios del lugar y Astrolabio, da con ellos la medida perfecta de una especie de trilogía. Creo que La máquina de languidecer es una síntesis entre el fantástico expansivo y total de Los demonios del lugar y el planteamiento poético, concentradísimo, de Astrolabio.

No se me había ocurrido, pero es bien curioso eso que dices. Si analizo un poco tu planteamiento veo que tienes razón, parecen tres ramas jóvenes del mismo tronco viejo, retorcido y disparatado: los relatos más largos, densos y oscuros de Los demonios; los relatos más breves, poéticos y abocetados de Astrolabio; y los relatos brevísimos, más lúdicos y concluyentes de La máquina... Desde ahora mismo podríamos bautizarla en tu honor como “trilogía involuntaria”. Aunque supongo que es inevitable que los tres libros tengan cierto aire de familia -ese sustrato común de lo breve y lo fantástico, de lo bello y lo desasosegante, el mismo entusiasmo creativo- más allá de de la variedad de extensiones, temas, registros y texturas, variedad que juzgo siempre enriquecedora y que tanto me gusta en un volumen, como me gusta un surtido de pequeños bocaditos que zarandean el paladar constantemente. Y los cien microrrelatos de La máquina de languidecer (aprovecho para agradecer a Páginas de Espuma que haya roto el maleficio de treinta y un años sin conseguir publicar un libro en Madrid) son un ejemplo claro de esa diversidad. Respecto a la condición de bisagra de Cuentos de otro mundo, me parece una observación acertadísima: si bien uno de los tres grupos de relatos que lo componen -"Cuentos alrededor de una mesita de té en el vientre de una ballena"- es de comienzos de los ochenta, los otros dos -"Mundo murciélago" y "Nuevos cuentos del Folio Club"- los escribí justo en la mitad cronológica de mi precaria vida creativa, a mitad de los noventa, y también yo he considerado siempre ese libro un valioso eje de la rueda de mi parsimoniosa carretilla. No puedo sino felicitarte por tu perspicacia y reconocer el vigoroso interés con que has leído mis relatillos.


11. El relato "Macao", en Cuentos de otro mundo, nos sirve para hablar de los títulos. Suele ocurrir en muchos de tus relatos. El título no tiene nada que ver con el contenido del cuento, pero es muy sugerente. Esto hace que el título le da al texto una apariencia irónica, o funciona como coda fantástica, o permite una segunda lectura.

Me temo que no comparto tu impresión de divorcio total: yo sí veo manifiestamente la relación entre el título y el contenido; pero comprendo que a veces el hilo es tan fino que resulta difícil de enhebrar, y que a veces mi ineptitud es tan gruesa que resulta fácil tropezar en ella (unos pocos ejemplos del primer caso serían "El vuelo del pájaro elefante", "Plantas herbívoras", "Las espuelas y la carne", "El lamento del dinosaurio", "La piel en el rompiente", "Lucernario", "Franz y los ornitorrincos" o "La aurora de Zürn"; y del segundo "El paso de la garra del año", "Coreografías del guardagujas alegre", "El pez que no había oído hablar del agua", o "El regreso de los sampanes al puerto"). Los títulos me parecen una segunda oportunidad de oro, un modo maravilloso de condensar aún más la historia, un elemento tan fundamental como el principio y el final, si no más -sobre todo en los relatos de extrema brevedad, que tienen un flujo y un reflujo muy rápidos-, pues establecen una relación de privilegio con el mundo imaginado, abren lo narrado a todo tipo de interpretaciones, además de dirigir y complementar el sentido de esos microcosmos vertiginosos, formados sólo por unas pocas palabras calibradas al milímetro. Al no concebir los relatos como un mero embrión, sino como una existencia completa y autónoma que necesita ser reconocida por su propio nombre, prefiero que el título luzca hermoso, sugerente como apuntas, que sea un título fecundador, epifánico por decirlo de algún modo, más que ir de la mano de lo que se cuenta, repitiendo obedientemente el contenido. Hace ya muchos años que sueño, a medida que apuntaba títulos y más títulos, con escribir un libro compuesto únicamente por ellos. Quería encapsular en una línea o en una palabra, sin necesidad de un desarrollo posterior de la historia, algo misterioso, esencializado, como un vial transparente, como un bebedizo a través del cual brillara una luz especial, cálida o inquietante, pero siempre mágica. Hace ya muchos años que pienso en los poetas chinos, de los que se dice que eran capaces de revelarte todo entre el título y el primer verso.

12. Una curiosidad, Ángel. ¿Qué tipo cuentos has contado a tus dos hijos cuando eran pequeños?

Me hubiera encantado contárselos en lugar de leérselos, pero no tengo buena memoria y no sé improvisar peripecias sobre la marcha. En un primer momento les leí los típicos clásicos adaptados -Grimm y Andersen sobre todo, aunque les gustaba especialmente "El gigante egoísta" de Wilde- y otros de lo más convencional, esas antologías que cada noche salvan la vida a los padres perezosos, ocupados o de exigua biblioteca, 365 cuentos, Cuentos de las buenas noches, Cuentos para soñar, etc. Más tarde fui leyéndoles capítulos de Pinocho, Tom Sawyer, Las aventuras de Los Cinco, La leyenda de Sleepy Hollow o de dos libros que -misteriosamente- regresaron conmigo cuando volví de La Salle, La isla de coral, de R. M. Ballantyne, y En torno al fuego en las noches de África. Sólo una vez en mi vida inventé un cuento y lo conté sin que mediara libro alguno: la primera noche que acompañé a mi hijo en el hospital tras una delicada operación. Nunca había sentido tan vívidamente el sortilegio oral de los cuentos, nunca una torpe narración me había surgido desde tan hondo y de una manera tan sincera y espontánea, casi como si se tratara de una oración al mismo tiempo alegre y desesperada. Mis dos hijos siguen teniendo ahora mucha imaginación y les siguen fascinando las historias pero, con gran pesar para mí, no necesariamente de papel.

13. Destácanos algunos libros de relatos de este comienzo de milenio que te parezcan sobresalientes.

No leo tantas novedades como quisiera. A pesar de mis considerables lagunas, tengo la impresión de que en estos años se han publicado numerosos libros de relatos de gran calidad, con piezas excelentes en muchos de ellos; pero, ateniéndome a mi limitado gusto personal -fatalmente viciado por lo fantástico-, me siento muy cercano a un autor como Manuel Moyano, a su cultivo de un fantástico terso, preciso y versátil, sobre todo en los libros El amigo de Kafka y El oro celeste. También me interesaron enormemente -y me ciño sólo al castellano-, Fría Hortensia y otros cuentos, de X. L. Méndez Ferrín (aunque se publicó en 1999); Arcano trece, de Pilar Pedraza; Las extrañas veladas, de E. Padrós de Palacios; Las interioridades y Los arácnidos, de Félix J. Palma; Muertos S.A. , de L. García Jambrina; La noche de Cagliostro, de J. María Latorre; 88 Mill Lane, de J. Jacinto Muñoz Rengel; Horrores cotidianos, de David Roas; Baúl de prodigios, de Miguel Ángel Zapata; El perfume del cardamomo, de Andrés Ibáñez; El momento del unicornio, de Norberto Luis Romero y, para no ser demasiado exhaustivo, libros de J. Pedro Aparicio, Óscar Sipán, Ignacio Ferrando, Miguel Ángel Muñoz, entre otros muchos. Naturalmente, me vienen además a la cabeza los cuentos reunidos, completos o recuperados de José María Merino, Cristina Fernández Cubas, Ana María Shua, Cristina Peri Rossi o Silvina Ocampo, y las reediciones de Buzzati o de Maupassant. Destacaría, para terminar, la espléndida prosa de Rafael Sánchez Ferlosio en El geco, de Óscar Esquivias en La marca de Creta y de Pablo Andrés Escapa en sus libros de relatos.

14. Si hubiera que definir tus cuentos con una palabra sería imposible. Pero entre las posibles candidatas estaría “fatalidad”. Incluso el título de tu libro, La máquina de languidecer, resume esa concepción del mundo que ve el cuerpo como una máquina imperfecta que apenas nace se dispone a la extinción.

Estoy de acuerdo. Hacer posible lo imposible es para mí una necesidad vital. Entiendo que crear mundos paralelos, alternativos o inesperados, cuestionar la trivialidad de lo ordinario, decir lo indecible en lugar de repetir lo establecido, arrancarse de la empobrecedora rutina del aquí y ahora, son formas de sobreponerse a las derrotas y al dolor de la vida (otra cosa es que lo consiga o, si lo consigo, que no desafine). Supongo, igualmente, que lo descabellado es algo muy querido por los que somos de viva imaginación y que los que tenemos una vida anodina necesitamos historias extremas o inusuales, ¿no crees?. Como comprenderás, no tengo más remedio que suscribir las palabras de Wallace Stevens (“el mundo imaginado es el bien definitivo”) y añadir que los sueños se corrompen al contacto con la realidad; por eso mis relatos parten de una obsesiva búsqueda de lo fuera de lo común y se convierten -al menos para mí, que durante décadas fui casi su único lector- en pequeñas dosis de un antídoto que me permite sobrevivir al veneno de la realidad. De hecho, escojo personajes soñadores a los que la realidad tira por tierra, seres vulnerables, perplejos por el acoso de la desgracia o la muerte, seres melancólicos asombrados ante lo fugaz del tiempo... Creo que siempre me ha obsesionado la extravagancia que supone lo efímero de la vida: no puedo dejar de ver un esqueleto debajo de nuestra piel, ni mirar a un niño sin imaginarlo viejo. Mi fatalismo será otro defecto de nacimiento, pero no ayuda mucho ver lo que sucede ahí fuera, saber que el Universo es una transición hacia la nada, que -como en el título de la novela de Eduardo Mallea- todo verdor desaparecerá, que las estrellas y por descontado la raza humana con la débil luz de sus logros, se apagarán en un vacío glacial (me temo, Miguel Ángel, que la entrevista se está poniendo bastante divertida por momentos)... También tengo la sospecha de ser una especie de romántico rezagado, puede que mi sombría interpretación de la realidad -y el antinaturalismo de mis relatos, que no es más que una mutación de ésta- provenga de mi inclinación por el movimiento romántico (pujanza de la imaginación, sensaciones intensas, anhelo de lo lejano, individualismo feroz, complacencia por lo raro y lo siniestro); como te decía antes, a veces me da la impresión de que mis piezas, en determinados casos, más que relatos son como visiones y alegorías que pueden recordar de lejos, por ejemplo, el simbolismo macabro de Kubin o la atmósfera misteriosa de Friedrich. Aunque se me ocurre que incluso mis textos más oscuros, o los que giran alrededor de la muerte, no hacen sino transmitir por efecto rebote un brioso apego a la vida (como puedes comprobar, tengo ideas peculiares sobre el optimismo)... Tal vez no nos quede más que usar las palabras con precisión y belleza mientras nos dirigimos, al menos con dignidad, a esa extinción de tu pregunta.


15. Una parte de tus cuentos son bestiarios en los que los animales tienen voz, discurso, y muchas veces sólo al final se revela su naturaleza animal, y confrontan al hombre con sus propias miserias. Es una relación sutil entre animales y humanos: de mutua dependencia, e incomprensión, de intromisión mutua, de intercambio de personalidades o identidades. Háblanos de ese fantástico zoológico literario.

No es más que un tema característico de la literatura fantástica; eso sí, el paso de la humanidad a la animalidad y viceversa -y sus estados equívocos- es de los más estimulantes junto con los juegos temporales y el deslizamiento y confusión de planos distintos. Aunque supongo que también será una consecuencia de mi afán por contemplar la realidad desde otras perspectivas, por borrar la tenue silueta de la identidad entre las especies, por agotar las posibilidades narrativas. Creo que a estas alturas debo haberme encarnado ya en un buen número de animales, cada uno con su propia visión de la vida expresada en un castellano estólido o afrentoso, según la ocasión, desde dinosaurios ("Contado mientras la vida se arrastra entre húmedos telúricos preciosos bosque de helechos en el atardecer del Holoceno") hasta una pulga ("Merodeadora"), pasando por cocodrilo ("Samsara"), camaleón ("El pisapapeles"), cucaracha ("Edén Exprés"), toro ("Ojos de animal de bajo tierra"), tigre ("El demonio de Bengala"), burro bíblico ("Caída de cuerpos siderales"), tiburones ("Naufragio"), zorro ("Almohada de hierba dulce"), abejas ("Las barbas del cielo") o perros (un perro que habla en "Bárbaro solo", un hombre que se cree convertido en perro en "El perro verde", o un perro que contiene el espíritu y los recuerdos del hermano del protagonista en "Lamedores de cielo", relato de los pocos medianamente conseguidos). Además recuerdo animalizaciones literales en "Parte meteorológico" (revisión del mito del Arca de Noé) o en "Árboles al pie de la cama", e incluso numerosas transformaciones en objetos inanimados. Es normal que mis obsesiones condicionen mi acercamiento a los temas: como intento entender la maquinaria de los seres y de las cosas y no estoy obligado a obedecer lo posible, disfruto cruzando puentes que conducen a otros estados de la materia, viva o inerte, ya que por algo se han tomado la molestia de existir. Según Chesterton, hay dos movimientos hacia lo imaginativo, hacia lo fantástico, uno centrípeto y otro centrífugo: una espiral marcha hacia adentro, hacia los secretos sueños del hombre, y otra hacia los poderes o verdades que están más allá de su alcance. Yo creo que la relación con otras especies -tanto animales como vegetales y minerales- participa de los dos movimientos. Mi amigo José Antonio López Nevot, tras leer uno de mis librillos, me comentó que le parecía la visión especular de un mundo oscuro, subterráneo, un reflejo invertido de la realidad. Y tenía razón. Todo sea por metamorfosear la deforme oruga de la realidad en una mariposa, puede que también turbadora, pero leve, estilizada y con los colores bien delineados.

16. He tenido la oportunidad de ver el manuscrito –utilizas el ordenador sólo en versiones definitivas- del relato que preparas en estos momentos y es un galimatías de correcciones, anotaciones y acotaciones, subrayados, tachones y aclaraciones. Conrad decía que nunca había que escribir una frase hasta estar absolutamente seguro de la anterior. ¿Qué valor tiene para ti la corrección?

Más que un valor, la corrección es una tortura propiciada por mi torpeza y lentitud mentales. Es como la maldición del cirujano al que le tiembla demasiado el pulso, del orfebre de ojos cansados por lo minucioso de su artesanía: las palabras se quedan revoloteando en el aire sin acabar de posarse, igual que los proyectos de juventud, como mosquitos que esperan ante un muro umbrío la improbable llegada del sol y su inflamación. Después de tantos años, miro hacia atrás y es como si viera a un enfermo de Alzheimer que ha tenido el valor de luchar por encontrar la palabra adecuada y que, arduamente, a pesar de todo, ha conseguido escribir cuatrocientos relatos en los que -de manera comprensible- son más numerosos los fracasos que los aciertos. Eso por una parte, por otra debo añadir el incoveniente de mi sed de perfección, mi gusto por repujar las palabras, por someter los relatos a una depuración casi alquímica para purificarlos -suponiendo que pueda decir tales palabras y mantener cierto grado de compostura-. Esta condensación, sumada a la intensidad y al chisporroteo de inquietud, es para mí una pulsión irrefrenable: al resultado de los débiles intentos que hago por escribir algo decente no me importaría llamarlo cuentos medulares. Así que, tras encomendarme a San Flaubert como el maldito purista que soy y repetir los tres mantras sagrados (“El cuento es un género que sólo se puede hacer por amor”, Vargas Llosa; “Un nudo bien hecho no necesita mucha cuerda”, Lao-Tsé; y “Hay escritores capaces de expresar en veinte páginas aquello para lo que yo a veces incluso necesito dos líneas”, Karl Kraus), me dispongo a trabajar con tesón cada frase hasta que traslade alguna felicidad al lector, a emprender una paciente conquista sin importar el tiempo, sin miedo a las palabras con peso específico, sin miedo a extraer música de ellas. No sabría decir si lo consigo, pero el intento merece la pena.



17. Tus cuentos están llenos de muñones, desmembramientos, tajos, tumbas, hachas, y sin embargo quien te conozca encontrará a una persona reflexiva, modesta, tranquila, muy alejada de la imagen que sus cuentos pueden transmitir. ¿La forja de un estilo es sólo un fruto literario, en el que la biografía, el carácter del hombre tiene poco que decir?

Digamos que quizá te has escorado un poco hacia algunos elementos más tenebrosos, porque en mis relatos recuerdo incluso cerezos en flor, amantes apasionados, islas y lagunas luminosas, bosques y valles evocadores, misteriosos libros y coleccionistas de bastones, reyes y cosmógrafos, ermitaños y viajeros, sirenas y gigantes, relojes y subastas, la miel de los nacimientos y el acíbar de los sueños incumplidos -deploro mostrarme tan rústico en esta frase-, padres abnegados que cargan con sus hijos a la espalda para protegerlos del rayo, acertijos metafísicos, numerosos animales -como hemos visto antes- y nubes, muchas nubes. No puedo hablar por los demás, pero al menos en mi caso considero que la mirada es anterior a la escritura, la impregna inevitablemente, lo que no significa que uno sea un asesino en serie tímido, pesimista, de vida retraída y que no soporta demasiada realidad. Proust decía que el verdadero descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes sino en poseer nuevos ojos y Heisenberg sostenía que el observador puede modificar lo que observa: supongo que todos sublimamos de algún modo esa realidad en la experiencia artística, con nuestras obsesiones, contradicciones y miedos más íntimos. En una de sus cartas, Katherine Mansfield escribió algo así como que el artista debe observar atentamente la vida y esforzarse en expresar su visión, dejando todo lo demás a un lado. Siempre digo -bueno, siempre parece excesivo, ya que sólo es la segunda vez que lo hago- que me gusta pensar en mis relatos como el fruto de mi extraña mirada sobre un mundo extraño. Cuando a un personaje -creo que de Chesterton- le preguntan si es un demonio, responde: “Soy un hombre. Y por tanto tengo dentro de mí todos los demonios”. Uno no puede sustraerse a lo que es, ya sea una personalidad terrible o encantadora, monolítica o de pululación de identidades. A propósito de esto y ahora que nadie nos oye: me temo que la mía es más bien a lo Jekyll y Hyde, con dos vidas bien separadas, una real y disminuida, como en dolorosa sordina (en la que uno sufre por el desangramiento de tiempo en el trabajo, por la inenarrable crueldad y vulgaridad del mundo o por el trato no deseado con los demás), y otra imaginaria y agigantada (en la que uno vive feliz en apartamiento voluntario, abrevando en el grato e infinito arroyo de las creaciones artísticas). Por desgracia, la vida real reclama cada vez más atención y ya no puedo vivir en las nubes tanto como quisiera; sin embargo, a veces la relación de ambas, esa dualidad entre la pluma y la espada que Mishima sintetizó hasta sus últimas consecuencias, se vuelve más aglutinada y espasmódica, menos estanca, como me ocurrió durante la escritura de Los demonios del lugar. Aunque sinceramente, llegados a este punto, no puedo evitar decantarme por el estilo, por el fruto literario de tu pregunta, en la consideración de que lo que tiene que interesar al lector es la obra y no la biografía del autor.

18. Háblanos de algún relato que en un momento de tu vida te perturbara o impresionara por algún motivo especial, con el que vivieras una de esas epifanías que tanto nos gustan a los escritores.

Después de la maravilla de esos textos iniciáticos en los libros escolares, de los que te hablaba antes, recuerdo con toda claridad el impacto que recibí en 1978 con el célebre "Sola y su alma," de Thomas Bailey Aldrich. Aquellos golpes a la puerta de la única persona viva en un mundo vacío, aquella revelación, aquel vuelco imposible, fueron un aldabonazo que aún hoy resuena en mi interior y también un pistoletazo de salida. De hecho, tras cinco años componiendo poemas de estirpe surrealista, el primer relato que escribí no era más que una variación brevísima de esas célebres líneas. Luego -supongo que como a todos- centenares de relatos marcaron a fuego mi memoria, la mayoría en la adolescencia y juventud, algo lógico cuando se tiene la mirada limpia y la literatura es una fuente de placer, de asombro, de terror. Me resulta muy difícil elegir sólo unos pocos: "Un descenso al Maesltröm" (Poe), "El diablo en la botella" (Stevenson), "El grabado" (M. R. James), "La mujer del boticario" (Chéjov), "Sobre el agua " (Maupassant), "La pata de mono" (W. W. Jacobs), "El rey de la máscara de oro" (Schwob), "El caso del difunto míster Elvesham" (Wells), "La litera de arriba" (F. M. Crawford), "Enoch Soames" (Beerbohm), "El almohadón de plumas" (Quiroga), "Suena el toque de queda" (S. Vincent Benét), "En la colonia penitenciaria" (Kafka), "La visita al museo" (Nabokov), "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius" (Borges), "El calamar opta por su tinta" (Bioy Casares), "El mar de las cucarachas" (Landolfi), "Siete plantas" (Buzatti), "Las hormigas" (Vian), "La noche boca arriba" (Cortázar), "Las sandías" (García Pavón), "El ruido de un trueno" (Bradbury), "El guardagujas " (Arreola), "La caída" (Piñera), los microrrelatos de "Las células del terror" en Las noches lúgubres (A. Sastre), "Arena" (F. Brown), "¿Quiere usted rabiar conmigo?" (G. Suárez), etc. Pero, aunque no sea estrictamente un relato, pocos textos me han estremecido tanto como la "Carta de David D'Angers a Sainte-Beuve", donde le narra el solitario y tétrico final del pobre Aloysius Bertrand.

19. El placer huele a cúrcuma y a ciruelas pútridas y a agua de cocer bueyes de mar. Las uñas caen delicadamente, como cascabullos de bellotas. Las telas son amarillo nankín, los zócalos son gris ratón y el ombligo es la escarapela del origen. Son ejemplos tomados de tus cuentos en los que se aprecia la importancia que tiene para ti el mundo sensorial. ¿Todo es imaginable, descriptible?

Diría que sí -en la medida que es posible encerrar el mar en una botellita- y al ser la mía una literatura de imaginación, lo intento sin descanso. Según Pla, los latinos tenemos un punto de vista muy prosaico, estrecho y agotado, pobre de imaginación y falto de fantasía, en contraposición a los pueblos del norte (yo soy una curiosa mezcla de celta y nazarí: déjame disfrutar con la ilusión de una ínfima ventaja). Desde mi punto de vista, además de reproducir la existencia doméstica, imperfecta y con frecuencia repulsiva, me parece aún más imperioso y fructífero que la literatura preste contenido a la realidad, buscando otras formas en que pueda manifestarse, rebasándola, creando un halo de belleza a partir de ella o soñando otros mundos; me parece esencial que traiga a nuestra realidad lo inaudito, como un caballo de Troya hermoso e inquietante, preñado de elementos transgresores. Sin duda, en el fantástico todo puede ser evocado ya que su territorio parece el más vasto, pues incluye lo supuestamente real, su reflejo, la materia imposible de percibir por nuestros sentidos, lo probable, lo imaginado, lo soñado, las zonas envueltas en sombras -donde hasta el propio yo se convierte en un lugar extraño-, e incluso la urdimbre de vidas paralelas que siguen su curso a partir de las decisiones que, en cada momento, todos descartamos. Volviendo al otro punto de tu pregunta, los grandes maestros, con sus sutiles procedimientos de forma, ritmo y color, han demostrado que todo es descriptible; y que, cuando se combinan de manera única, las palabras resplandecen y se obtiene el milagro. Hay quien opina que los detalles siempre se agradecen (Nabokov) y quien piensa que una historia debe contarse sin entrar en detalles para que no termine muerta (Blagden). Yo veo que un discreto espolvoreo de detalles, en las cantidades necesarias, da sabor al texto; aun reconociendo que el sabor de lo escrito no es sólo producto del estilo, sino también de los matices de la percepción y la emoción. A alguien más o menos alfabetizado como un servidor siempre le ha emocionado el “misticismo estético” de Flaubert, ese aliento, esa esencia sagrada, esa armonía absoluta entre la idea y la expresión, y el sacrificio que lleva aparejado. Ojalá tuviera el estilo simple y directo de Simenon, pero no puedo evitar que me fascine la embriaguez verbal (la que procuran Cunqueiro, Nabokov, Aldecoa, Schwob, Dieste, Schulz, Pla, Kawabata, Saki, Chandler, García Pavón y otros muchos autores de lenguaje suculento), aunque a la hora de escribir me contento con levantar mis relatos lo más airosamente posible y presentarlos -mucho me temo que con un minimalismo un tanto barroco- como uno de esos pequeños dioramas en tres dimensiones, misteriosas e intensas escenas de refinada iluminación, o como una de esas fascinantes cajas de Joseph Cornell que semejan gabinetes de maravillas.

20. Y para acabar, ¿puedes indicarnos algún escritor actual (de novela o relatos, español o extranjero) que a tu juicio esté infravalorado y otro que, también a tu libre juicio, esté sobrevalorado?

Más allá de los muchos narradores talentosos que la suerte o la censura comercial se empeñan en desalentar, impidiendo que broten con naturalidad (“El talento se arrastra y muere / si alas de oro no tiene” afirman los versos de Gilbert), hay una serie de autores interesantísimos, con un mundo propio, a los que guardo un gran cariño desde los años 70 y 80, y que por diversos motivos (producción escasa, originalidad e independencia insobornables, desentendimiento mercantil o muerte temprana) no han tenido el reconocimiento que merecen o son directamente desconocidos: Antonio Fernández Molina, iconoclasta, vanguardista, maestro de la libertad imaginativa; FranciscoL
Ferrer Lerín, cuyos extraños e hipnóticos textos incluidos en su libro de poemas La hora oval (1971) fueron imprescindibles para ahormar mis relatos y educar mi mirada en la rareza; Manuel Pacheco, poeta autodidacta y autor de las revulsivas prosas de Diario del otro loco; Raúl Ruiz, escritor polifacético muerto a los 39 años y autor del delicioso libro de relatos El alfabeto de la luna, publicado póstumamente; o Alberto Escudero, que llevó la ironía y la frescura experimental a cotas muy altas en La piedra Simpson y Un error de bulto. Infravalorados de manera sangrante -aunque uno no pueda entender por qué- me parecen otros autores extraordinarios algo más conocidos: Álvaro Cunqueiro, Joan Perucho, Carlos Edmundo de Ory, Medardo Fraile, Pere Calders, Fernando Quiñones, Juan Eduardo Zúñiga, Javier Tomeo o Gonzalo Suárez. Y si enfoco a Granada, merecerían una mayor atención escritores excelentes como Antonio Dafos, autor de Teatro de hielo, textos de una enorme finura intelectual y filosófica; Miguel Arnas, autor de las profundas prosas poéticas de El árbol y de las exquisitas y vibrantes novelas Bajo la encina y Buscar o no buscar; Fernando de Villena, Gregorio Morales y José Vicente Pascual, creadores totales; José Antonio López Nevot y sus elegantes incursiones históricas en Templario y otros relatos; Miguel Ángel Moleón Viana, campeón de la literatura infantil y juvenil en El rey Arturo cabalga de nuevo, más o menos y socarrón buceador de mundos legendarios en Cuadernos secretos de Washington Irving; Nicolás Palma, poeta genuino que celebra la naturaleza en los versos esenciales de El alma de las cosas o Granos de luz; José María Pérez Zúñiga, autor de libros reflexivos y rigurosos como Rompecabezas o Lo que tú piensas; Jesús Ortega, verdadero conocedor del hecho literario y autor del agridulce libro de relatos El clavo en la pared; Carlos Almira, escritor torrencial que está logrando una larga serie de magnéticos relatos así como novelas monumentales y perfectas como Issa Nobunaga, etc. Respecto a los sobrevalorados, estoy convencido de que cualquier esfuerzo literario -sea cual sea- es digno de respeto. Sin embargo, aunque lo intente con el mayor entusiasmo, no consigo sentir excesivo interés por los autores de best sellers y de libros de temporada, por los que no han ofrecido lo mejor de sí mismo o no buscan la belleza y precisión del lenguaje, por las obras pedestres que no cuestionan la realidad o que son esfinges sin secreto.

Libros publicados por Ángel Olgoso:

Los días subterráneos (1991) - Qüasyeditorial.
La hélice entre los sargazos (1994) - Instituto de Estudios Almerienses
Cuentos de otro mundo (1999) - Caja España / Dauro
Nubes de piedra (1999) - Edición no venal
Granada, año 2039 y otros relatos (1999) - Comares
Los demonios del lugar (2007) - Almuzara
Astrolabio (2007) - Cuadernos del vigía
La máquina de languidecer (2009) - Páginas de Espuma
Los líquenes del sueño (2010) - Tropo Editores


Fotografías:
Miguel Ángel Muñoz, Ángel Cabrera Fernández y Agustín Carmona.

03 noviembre 2009

Juan Jacinto Muñoz Rengel: "Todos escondemos uno, dos, tres o cuatro pequeños perturbados dentro de nosotros".

Juan Jacinto Muñoz Rengel (Málaga, 1974) acaba de publicar en la editorial Salto de Página su segunda colección de cuentos: De mecánica y alquimia, un catálogo de metales y barros con alma y almas con corazón de reloj. Amante, cultivador e impulsor en los últimos años del cuento fantástico como forma perfecta de sueño literario, sus cuentos son un viaje estimulante y reflexivo, pero también emocionante, al lugar de las tradiciones que forjaron los grandes maestros, y que siguen siendo válidas para forjar una literatura auténticamente moderna.


1. De mecánica y alquimia (Salto de Página) es tu segundo libro de relatos, tras el muy minoritario 88 Mill Lane (Alhulia, 2005). Como introducción, creo que sería interesante que nos hablaras del proceso de concepción y escritura de ambos libros.

Antes que nada, Miguel Ángel, gracias por tu interés en mis cuentos y por esta oportunidad que nos das a todos los cuentistas. Los relatos de 88 Mill Lane fueron escritos a lo largo de los años que viví en Londres, en una situación muy parecida a la que vive el protagonista del cuento que abre el volumen, "Los habituales de La Brioche", es decir, encerrado en una enorme casa victoriana de un barrio londinense, bastante aislado -o podría decir extrañado- de la realidad. Luego, al volver a España, estuve buscando editor durante un par de años, y como has apuntado el éxito de mi búsqueda fue relativo. En cuanto a De mecánica y alquimia, he pasado los últimos cuatro años trabajando en este título. Es una de las desventajas que tiene pretender escribir libros de relatos con unidad. Pero creo que merece la pena, por todo lo que eso puede aportar al lector. Cada cuento, por supuesto, goza de propia autonomía y puede ser leído de forma absolutamente independiente. Sin embargo, de esta forma, entre unos y otros relatos se establecen nuevos hilos conductores, y se va tejiendo una malla de nuevos significados y de reinterpretaciones, que creo que sólo puede ser un plus para el lector, un regalo añadido. Cuando se trabaja así, al principio no hay una idea concreta, vas acumulando relatos muy diversos, hasta que distingues unos elementos comunes en unos cuantos de ellos, y comprendes que ahí hay un libro. Hace tres años, De mecánica y alquimia constaba de seis relatos. Ahora, en su forma final, los cuentos son once, corregidos una y otra vez, y modificados hasta la extenuación -sin tocar sus estructuras autónomas- para hacerlos encajar desde todos los ángulos posibles.

2. Todos tus cuentos están adscritos al género fantástico, que cada vez tiene más seguidores entre los nuevos cuentistas. Háblanos de tu concepción de este género, con muchos cultivadores en España, y que sólo ahora parece recibir el reconocimiento que merece.

Creo que el relato corto siempre ha sido un excelente campo de cultivo para el género fantástico, y otros géneros afines. Y el hecho de que ahora en España el fantástico disfrute de una modesta eclosión, puede tener mucho que ver con la circunstancia de que también de un tiempo a esta parte el relato corto ha comenzado a tener una mayor visibilidad. Lo que la antología La realidad oculta, de David Roas, consigue demostrar, es que ya había una producción fantástica de calidad en España a lo largo de todo el siglo XX. Y en cuanto a la actualidad, basta echar un vistazo a la nómina de autores que yo mismo recogí en Perturbaciones, para comprobar cuáles son los derroteros e intereses del cuento español hoy. Para mí, para mis cuentos, la alteración fantástica es sólo un medio con el que conseguir dos cosas: imprimir en mis historias la marca de la preocupación filosófica, epistemológica, metafísica (supongo que fueron demasiados años entre libros de filosofía), y aumentar las posibilidades ficcionales e imaginativas de los relatos.

3. Si 88 Mill Lane tenía como columna vertebral una mezcla entre la concepción borgiana y victoriana del fantástico -con todo lo relacionadas que ambas están-, en De mecánica y alquimia has ampliado el campo de visión al estructurar el libro como un repaso cronológico a distintas tradiciones narrativas propicias al cuento fantástico. Desde una historia chestertoniana que se desarrolla en el Toledo musulmán hasta varios cuentos plenamente de ciencia-ficción.

Sí, en algún sentido el libro recoge todas estas distintas tradiciones. Pero en otro, en esta amplificación de las voces se intenta buscar una voz global, casi una voz colectiva, que sea a la vez la misma y otra que todas las anteriores. El propio libro, no sólo es un artefacto, sino que también es un pequeño monstruo de Frankenstein, una suma de partes que no son igual al todo.


4. Todos los relatos de tu libro hablan de la relación trágica entre el hombre y la máquina. Máquinas que aspiran a la independencia, al "saber vivir", y hombres a los que muestras como complejos artilugios movidos con sangre.

Claro, es que ahí está quizás el principal nexo donde convergen las distintas líneas temáticas del libro. Ya desde el título se plantean las dos directrices esenciales: la mecánica, por un lado, y la alquimia, por otro. La mecánica es el mundo físico, los aparatos, los artilugios, la materia, pero también la manipulación física del mundo. Y la alquimia es la vida, la magia, lo inaprensible y, por supuesto, la manipulación química del mundo. Eso me da pie a abrir otras muchas líneas paralelas o tangenciales. Por ejemplo, en uno de los primeros planos, está la preocupación por la tecnología humana, por el desarrollo y el control de la tecnología. También surge ahí la cuestión que apuntas con tu pregunta: el interés por la interacción entre el hombre y la máquina, y por las grandes cuestiones de inteligencia artificial. Y es que, en estos cuentos, la mecánica acaba dando lugar al autómata, y la alquimia al gólem. Pero a un nivel de conjunto, el dualismo primordial está sobrevolando todo el libro: la propia mecánica es de alguna manera el cuerpo, y la alquimia la mente, la sustancia pensante, la conciencia, que no es la suma exacta de las redes neuronales.

5. La disposición cronológica de la temática de tus cuentos hace que haya un trabajo lingüístico importante desde los primeros, desarrollados en la Edad Media, hasta los últimos, de lleno en el género de la ciencia-ficción. Conforme los relatos avanzan, el lenguaje se aligera, es más abocetado y rápido. ¿Cómo fue el trabajo de lenguaje de estos relatos?

Una vez más, es tal y como dices. En el primer relato, que tiene lugar en el contexto de al-Andalus, hice un esfuerzo por que los sustantivos y adjetivos tuvieran un origen árabe. Tanto fue así, que luego tuve que rebajarlo, porque la prosa se hacía un poco más compleja de lo aconsejable. Después, en el resto de los relatos medievales trato de remedar algunas fórmulas arcaizantes, que conceden cierto lustre vetusto al lenguaje; es sólo una apariencia, claro, el lenguaje no se aproxima ni de lejos -ni debe- al verdadero castellano antiguo. Esta apariencia llega a su punto culminante en el relato más gótico del libro, "La maldición de los Zweiss", y luego se comienza a suavizar. Así hasta llegar a los relatos futuristas, donde el lenguaje no sólo pesa muy poco y casi no se ve, sino que incluso el tono, determinadas figuras, y el narrador (en primera persona del plural) tratan de reventar el lenguaje habitual e ir más allá de lo que el lector podría considerar los límites de nuestra actualidad.

6. ¿Puedes hablarnos de tus autores preferidos de relato corto, y cuáles han influido más en el origen y formación de tu obra?

En el caso del relato corto, a diferencia de lo que me ocurrió con la novela, mi lectura ha sido ordenada, quizá por ser un proceso más consciente. Empecé por los maestros, siendo aún adolescente, por Poe, Hoffman, Maupassant, Kafka, Chejov, Quiroga y Cortázar. Hasta que me topé con Borges. Los cuentos de Borges me supusieron un shock del que me tardé en recuperar. Mis objetivos últimos se identificaban tanto con los de sus textos, que, tal y como si hubiera caído en uno de sus mundos, llegué a creer firmemente que éramos un mismo autor, repartido en distintos cuerpos y circunstancias, con la mala fortuna, de que yo era el que había nacido más tarde. Me llevó unos años desprenderme de su obsesiva presencia. Cuando me decidí a publicar 88 Mill Lane fue porque pensé que ya me había librado de la mayor parte de su lastre, y en el volumen incluí algún cuento homenaje que -al mismo tiempo- era una suerte de exorcismo y una forma de matar al padre. No obstante, todavía hay quien detecta cierto rastro borgesiano en mis relatos. Pero eso puede deberse a que ambos somos cuentistas de ideas, que construimos la historia en torno a una inquietud de naturaleza fantástica, y a veces casi filosófica. Y al hecho de que, de las dos grandes corrientes del cuento, Kafka-Cortázar-Borges-Calvino por un lado, y Turgueniev-Chejov-Hemingway-Carver y compañía por el otro, yo me sitúo sin duda en la primera de ellas. A los cuentistas españoles, y a los coetáneos, los comencé a buscar y a leer más tarde. Como creo que nos ha ocurrido a la mayoría de nosotros.

7. ¿Respecto a su evidente influjo en tu obra, cómo librarse de Borges sin necesidad de matarlo?

A mí lo que me interesa de Borges es la esencia de sus cuentos. Para mis propios objetivos literarios, me suponen un lastre: la excesiva densidad y visibilidad del lenguaje, las capas de erudición con las que barniza los relatos, la metaliteratura y autoficción demasiado manifiesta. En definitiva, todos sus excesos. Creo que el reto hoy, más de medio siglo después, es lograr que todo eso esté y que no se vea. Hay que ofrecer al lector la posibilidad de participar de una forma activa en la lectura, y a ser posible que encuentre muchas segundas, terceras y cuartas lecturas. Pero no es necesario atosigarlo ni torturarlo. Por otra parte, Borges consumó una obra formidable, pero ahora quizá, al construir sobre ella, creo que se hace fundamental dulcificarla, y añadir elementos que tienen que ver con la emoción, con la espontaneidad, con la vitalidad o con la flexibilidad.


8. Escoge uno de tus relatos preferidos, por el motivo que sea, de cualquiera de tus libros: analízalo, cuéntanos cómo lo creaste, cuánto te llevó, háblanos de él cuanto quieras.

Hay un cuento que creo que es fundamental en De mecánica y alquimia. Se trata de "El sueño del monstruo". Y lo es por muchísimas razones. Por un lado, es el relato que hace de puente con el libro anterior. Es el único que transcurre en Londres, que era el espacio que compartían todos los relatos de 88 Mill Lane, y por lo tanto de alguna manera es el texto que nos trae hasta este libro, que viene a ampliar sus escenarios a distintas ciudades de todos los rincones de Europa. Por otro lado, al mismo tiempo es un relato que hace de bisagra dentro del propio volumen, porque facilita el tránsito entre los relatos de un cariz más o menos histórico que le preceden, y los cuentos futuros que le suceden. En realidad, lo que se sugiere es la posibilidad de que su protagonista, ese escritor anacrónico del Londres de principios de siglo XIX -un escritor adelantado a su época-, pueda ser entendido como el verdadero autor de los relatos anteriores y posteriores. Para rizar el rizo, como habrás visto, el propio cuento es además en sí mismo una suerte de bucle temporal. Por otra parte, el relato es un sentido homenaje a los escritores que se sienten desamparados en el panorama editorial, e incomprendidos por su entorno. Y por ahondar un poco más en el escritor que hay detrás -aparte de los evidentes aspectos autobiográficos que se puedan deducir-, a este cuento le tengo un cariño especial porque su confección me llevó apenas diez días -frente a los casi dos años del relato con más elaboración del libro-, y sin embargo enseguida me valió, por segunda vez, la obtención del cuantioso premio internacional de cuentos La Felguera.

9. En De mecánica y alquimia, todos los cuentos tienen una intención nada disimulada de insertar la tradición española del fantástico en una corriente europea, y a la vez estableces una evolución de la temática fantástica. En el mundo del caos y lo oscuro que es el fantástico, pareces decir que hay un orden, unas simetrías constantes: el Golem de Meyrink viene de Frankenstein -y de una leyenda mucho más antigua- y va hacia el androide, el robot. ¿Cómo se enfrenta un escritor de mentalidad cartesiana y formación filosófica al sangrante magma de la perturbación?

Con la esquizofrenia, sin duda. Lo cabal y lo caótico están en efecto siempre presentes en el libro. Incluso hay un relato, "Brigada Diógenes", que plantea un posible significado coherente latiendo bajo el caos. El libro, como venimos diciendo, está escrito a muchos distintos niveles de lectura, y esa diferencia de niveles es la que hace posible la convivencia del orden y el desorden. También en la propia mente. Quién no tiene dentro de sí varias capas de concepciones y de supuestos, que lo relacionan con la realidad y con la ficción de maneras muy distintas. Pensemos en escritores fantásticos, en escritores inquietantes, tentados por lo oscuro; seguro que ya tenemos varios nombres en la cabeza, también el de alguno actual. Y bien, ¿no son o han sido todos lo suficientemente cartesianos, lo suficientemente ordenados, como para construir una obra compleja, aunando datos, detalles, y complicadas técnicas narrativas? Todos esquizofrénicos. Todos escondemos uno, dos, tres o cuatro pequeños perturbados dentro de nosotros. Es fácil de comprobar. Piensa en esos autores, piensa en el brillo especial que destella en sus ojos.

10. Siguiendo con lo anterior, tus cuentos denotan tu gran afán de documentación, y en ellos se demuestra que la realidad siempre supera a la ficción. De hecho, como comentas en el escolio final -que jugando con el reverso de la realidad hay que leer colocado ante un espejo- todos tienen una raíz filosófica o científica. Así se descubre en el sorprendente "Libro de los instrumentos incendiarios", que resulta existir realmente.

Casi todos lo cuentos de la primera parte del libro tienen un punto de partida histórico. Se sitúan en el marco de una época determinada, engrosan sus filas con personajes más o menos reales, y encuentran su origen en un artilugio concreto, en un objeto mágico, en un instrumento científico, o en un hecho histórico que al menos a mí me resultaba irresistible. Gran parte del sentido de esos cuentos es explicar, desde la ficción, algunos de esos hechos. Como por ejemplo, por qué el verdadero Libro de los instrumentos incendiarios permaneció oculto diez siglos, permitiendo que Snell y Descartes se adelantaran a Ibn Sahl en sus descubrimientos, a pesar de que nuestra ciencia óptica llevaba seiscientos años de retraso; o por qué fue imposible reparar el reloj de Praga a lo largo de las varias décadas que siguieron a la muerte de su creador. Pero insisto, todo eso lo hago desde la ficción, desde una ficción que a veces se vuelve fantástica. En realidad, el objetivo último de estos cuentos es aún más ambicioso: aumentar las capas de la realidad, alterándola y entrelazándola con los recursos de la ficción. El escolio final del libro tiene una disposición inversa, por todo eso que tú has sabido ver, y por hacer un guiño a Da Vinci, e investir al libro de la forma de todos esos tratados de la historia de la ciencia europea, entre científicos y esotéricos. Ésta es otra de las razones por la que los relatos siempre transcurren en Europa: en realidad la technos, la tecnología de la que hablábamos antes, entendida como manipulación del mundo, nace en Grecia, y se desarrolla en la cuna de Occidente.

11. Hay en muchos de los relatos -como en los magníficos "El relojero de Praga" y "Lapis philosophorum"- un choque entre el saber y la simpleza, el detective que indaga y el misterio, el maestro y el discípulo tontorrón y que por serlo se salva de ser torturado y cegado -lo que permite que el saber se mantenga custodiado en ese discípulo-, así como una reflexión sobre la inevitable ruina de las empresas humanas: "Aquella mañana entramos en el ayuntamiento de la capital henchidos de gloria y ávidos de reconocimiento, y salimos ensangrentados, caminando con dificultad, arrastrando los pies como gólems de barro salidos de las catacumbas de las sinagogas".

Como te decía más arriba, todo el libro está planteado en términos de dualismo (incluso hay un relato, "Res cogitans", que tiene el propósito expreso de homenajear, en clave de humor, las distintas soluciones que las principales corrientes filosóficas dieron al problema de la separación entre la sustancia extensa y la sustancia pensante). El binomio entre el sabio y el simple, no hace sino ahondar en estas correlaciones: el dualismo entre la razón y la pasión, entre la mente y el cuerpo, etc. Por otra parte, creo que en el fracaso de las empresas humanas (que también se encuentra específicamente representado en el escritor frustrado de "El sueño del monstruo") siempre ha habido mucha literatura, desde las tragedias griegas.

12. Otro de los aspectos destacables de tu libro es el sutil hilo que los enmaraña, como la trama de esas arañas mecánicas que procuran "La maldición de los Zweiss", relato brutal y perfecto, y que tienen su eco en el irónico y tan cercano "El sueño del monstruo", y otras variadas referencias al mundo de los insectos.

En la primera batería de relatos históricos, mi intención era pasar de una al-Andalus muy moderna, casi extemporánea, a la oscuridad y los atrasos científicos del Medievo. Y quise que esa progresión hacia la oscuridad llegase lo más lejos posible: "La maldición de los Zweiss" es el resultado. Sin duda es el cuento más violento, brumoso y atroz de todo el volumen. Luego, que nadie se angustie, la cosa vuelve a mejorar con los siglos. Y, en efecto, los insectos aparecen por primera vez en ese relato, en forma de una araña de plata con un poder indescifrable. Luego se van ir multiplicando a lo largo de los cuentos, como pequeños autómatas o como insectos mecánicos, hasta que en "Brigada Diógenes" se sitúan en un primer plano de la historia, y cobran un nuevo significado (en el sentido más profundo y ontológico del término). No obstante, aún les aguarda un cambio más, y no será hasta el relato final que cierra el libro, "Pasajero 1/1", que estos insectos mecánicos -secuelas de la industria humana- no mutarán en una nueva forma de vida radicalmente distinta, como una suerte de alternativa de futuro.

13. La detallada descripción del proceso alquímico me recordaba a aquella novela de Balzac, La búsqueda del absoluto. En otros relatos está también muy presente Frankenstein, de Mary Shelley o El Golem de Meyrink, retomando la leyenda de Hoffmann. Pero también está la tradición de ciencia-ficción de Stanislaw Lem o Ray Bradbury. ¿De dónde han bebido estos cuentos?

Bueno, has apuntado muy bien. Las referencias al Frankenstein de Mary Wollstonecraft Shelley y a El Golem de Meyrink son directas en el texto, aunque al gólem lo trato de modernizar, y le atribuyo una naturaleza mucho más desenfadada (a la novela de Frankenstein, en realidad, uno de mis personajes le achaca errores argumentales y de consistencia narrativa). Por supuesto, también están entre las influencias de este libro Lem y Bradbury, a los que podríamos añadir los cuentos y novelas de autores que van desde H. G. Wells, hasta Philip K. Dick o J. G. Ballard. Creo que también podría haber algo del humor -en algunos tonos y diálogos- que inicia G. K. Chesterton, y algo del gusto por el juego de Lewis Carroll. Pero sobre todo, está esa línea de cuentistas a la que me refería antes, y que ampliada sería algo así como: Hoffmann-Hawthorne-Poe-L'Isle-Adam-James-Maupassant-Kafka-Cortázar-Borges-Calvino.

14. Desde tu punto de vista, ¿cuáles son las causas de que el relato corto no tenga en España una mayor aceptación? ¿Qué se podría hacer para que esto cambiara?

Para empezar a hablar, habría que partir de que el hecho literario hoy ha sido engullido por el mercado. Los mecanismos de la sociedad de consumo y las grandes empresas editoriales han integrado el libro en sus estructuras como un producto más, y a veces nosotros mismos nos sorprendemos hablando en sus términos. Antes, el número de lectores potenciales en España era de unos miles, y éstos sólo interesaban a los propios involucrados en el proceso creativo. Ahora, la cifra de lectores-consumidores se han multiplicado hasta añadir varios ceros, y los intereses han cambiado y tienen poco o nada que ver con la literatura. Desde este punto de vista, el cuento no puede competir. El cuento exige un lector involucrado, y no un lector-consumidor. (Y no nos engañemos, esto no sólo está ocurriendo en España, sino también cada vez más en países con gran tradición de cuento, como lo son Argentina o Estados Unidos). El cuento es complejo, no puede ser leído en cualquier sitio, a pesar de su breve extensión, y no es un cómodo remanso de paz en el que sumergirse y dejarse llevar. El cuento es inhóspito, un lugar sólo apto para aventureros. Por lo tanto, mientras los libros de cuentos no puedan fructificar en éxitos de ventas -salvo excepciones-, no podrán ser un engranaje de peso en el mercado. Y eso puede ser algo bueno o malo según los aspiraciones de cada cual. Desde mi punto de vista, lo único que en estas circunstancias podemos pretender cambiar es el trato que la crítica brinda al género, que es en muchos casos de un desdén manifiesto. Creo que hoy se está haciendo mucho para cambiar esta situación. Hay editoriales (Páginas de Espuma), librerías (Tres rosas amarillas), asociaciones (Muchocuento), revistas (Al otro lado del espejo), blogs (éste, sin ir más lejos), críticos y autores que están luchando activa y abiertamente por esta causa, y aunando fuerzas de una forma cada vez mejor coordinada. El objetivo, claro, debe ser conseguir un espacio y un estatus semejante al de la poesía. Lo contrario, aspirar a tener un peso decisivo en el mercado, además de ser un despropósito, es luchar contra molinos. Pero, claro, el mercado afecta a todo. También a los medios y a los suplementos. Y además de los intereses económicos, cuando hay que escribir una crítica de un día para otro, es más fácil reseñar una novela, con un solo tono y un argumento, que un libro de cuentos, que son muchos, puñeteros y revoltosos. Me gustaría cerrar tu pregunta, Miguel Ángel, dejando otra pregunta en el aire. ¿Cúantos críticos, hoy, en España, son capaces de pergeñar una buena reseña de un libro de relatos? Pocos, muy pocos, sólo los mejores.

15. Destácanos algunos libros de relatos de este comienzo de milenio que te parezcan sobresalientes.

El libro de relatos que más me ha sorprendido últimamente, por su fuerza, su irreverencia y su intuición, es Hombres salmonela en el planeta porno, del japonés Yasutaka Tsuitsui. Que nadie busque en él una prosa cuidada y precisión formal, porque no las encontrará. También debería mencionar Llamadas telefónicas, de Bolaño, y La vida imposible de Eduardo Berti. Dentro de nuestras fronteras, destacaría El porqué de las cosas, de Quim Monzó, y cualquiera de Cristina Fernández Cubas.

16. Háblanos de algún relato que en un momento de tu vida te perturbara o impresionara por algún motivo especial, con el que vivieras una de esas epifanías que tanto nos gustan a los escritores.

Podría nombrar "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius", "La Biblioteca de Babel", "Funes el memorioso" o "La memoria de Shakespeare" de Borges, "El perseguidor", "Casa tomada" o los microrrelatos de Historias de Cronopios y de Famas de Cortázar, "Los cachorros" de Vargas Llosa, "La pata de mono" de Jacobs, "El Horla" de Maupassant, "Enemigos" de Chéjov, "Los ojos de Davidson" de Wells, "Ylla" de Bradbury, "El bonsái Dabadaba" de Yasutaka Tsutsui, "Una aventura literaria" de Bolaño, "La divina providencia" de Monzó", o "La cólera de García Leguineche" de Mercedes Abad. Pero voy a mencionar un relato leído más recientemente, un cuento muy breve, de apenas dos páginas, de Carlos Castán: "Un día resbaladizo". Esa historia de apenas unos párrafos me dejó profundamente conmocionado, inmerso en cuestiones que en realidad ya me rondaban la mente, y pensando en ideas que luego probablemente no cuajarán en nada que tenga que ver en su forma con el cuento original. Pero ésa es la literatura que me interesa, la que te consigue remover por dentro y provoca asociaciones insólitas. Y la literatura de Castán, claro, es portentosa.

17. Colaboras en un programa de radio tan conocido como "El ojo crítico", donde tienes una sección de relato, y además diriges un programa dedicado en exclusiva a las formas cortas, "Literatura en breve". Realmente, ¿está cambiando la atención que los medios dedican al cuento? ¿Es una tendencia sólida o demasiado vinculada a los talleres de narrativa que tanto han proliferado en los últimos tiempos?

Lo cierto es que ambas iniciativas fueron mías. Quiero decir, fueron ideas que partieron de mí, y que luego fueron aceptadas. Pero el hecho de que fuesen aceptadas ya indica un cambio. Sí, en efecto, creo que está cambiando el interés general -de los medios de comunicación y de los lectores de a pie- por las formas narrativas breves, por el relato y el microrrelato, y todas sus mutaciones. Y creo que es una tendencia bastante plural. Los talleres literarios son sólo un agente más del cambio; antes nombraba otros muchos, que actúan desde muchos distintos frentes, y que en muchas ocasiones nacen de voluntades individuales. De todas formas, no tenemos que olvidar que los talleres son generadores de lectores de relato breve, y que las hornadas de participantes en los cursos van reponiéndose y aumentando cada año, y que eso acaba produciendo un cambio social a mayor escala. Aún con todo, creo que todo este cambio es todavía tímido, apenas un despertar.

18. Y para acabar, ¿puedes indicarnos algún escritor actual (de novela o relatos, español o extranjero) que a tu juicio esté infravalorado y otro que, también a tu libre juicio, esté sobrevalorado?

Aquí lo fácil sería responder a lo primero con un nombre español, y a lo segundo con un nombre extranjero. O no dar nombres. Pero creo que me voy a remangar y a meterme en el barro, porque quizá no siempre sea lo mejor mirar para otro lado. En cuanto a los infravalorados, distinguiré primero unos cuantos autores que ya gozan de prestigio y reconocimiento, pero que con todo aún creo que merecerían más del que se les ha concedido. No deja de sorprenderme, por ejemplo, que Medardo Fraile todavía no sea considerado en España a la altura que le corresponde, y que otros autores menores hayan ocupado su lugar. En una generación posterior, y desde una perspectiva distinta, hay otros dos escritores que -aun publicando en primeras editoriales-, para mi gusto, no disfrutan de toda atención que acaso se les habría prestado en otros países, me estoy refiriendo al genial cuentista Hipólito G. Navarro, inigualable, y a un narrador de imaginación y pulso como es Albert Sánchez Piñol. Quizá uno de los casos más flagrantes en este sentido, en nuestras letras, sea el de Ángel Olgoso. Un autor rico, inquietante y complejo, todavía desconocido por muchos, y cuya extensa obra cuentística habría que comenzar a recuperar y a reeditar. Y voy a nombrar también dos títulos que han pasado injustamente desapercibidos en los últimos años: el libro de relatos Nosotros, todos nosotros, de Víctor García Antón, uno de los más sólidos y originales aparecidos en esta década en nuestro país; y la novela La mujer de nadie, de Luis Artigue, con una prosa y una gracia deslumbrantes. Estoy convencido de que si cualquiera de estos dos libros no hubieran sido publicados en pequeñas sellos editoriales, en estos momentos todo el mundo estaría hablando de ellos. Por supuesto, se me vienen a la cabeza los nombres de unos cuantos jóvenes autores que aún están luchando por abrirse paso hasta la primera línea. Pero a nuestra generación siempre le ha tocado esperar diez años más en todo, así que, con el tiempo, ya llegarán. Estoy seguro de que llegarán, al menos (además de los muchos que se me olvidan): Jon Bilbao, Patricia Esteban Erlés, Óscar Esquivias, Mario Cuenca Sandoval, Miguel Ángel Zapata… Otra cosa muy distinta son los escritores sobrevalorados. Por lo pronto, la lista de aquellos que son encumbrados y usados por el mercado del que hablábamos antes es interminable: Ildefonso Falcones, Julia Navarro, Carlos Ruiz Zafón o -así están las cosas- Boris Izaguirre. Su visibilidad sin duda es obscena. Pero aquí estamos hablando de algo distinto, ajeno al hecho literario. Ellos fabrican productos de consumo, y como tales esos productos no están mal. También me parece que se les presta una excesiva atención, considerando lo que objetivamente representa su obra y comparándola con la de otros escritores, a autores como Antonio Gala o como Lucía Etxebarría. Y esto viene a ocurrir con otros tantos fenómenos similares. Y por último, creo que el primer Millás fue un escritor de un talento excepcional, pero, en mi opinión, el segundo Millás es bastante prescindible. Sustitúyanse los segundos nombres por los primeros, y volveríamos a habitar un mundo razonable.

02 noviembre 2009

Camisa de once varas (y 19): Miranda July, Rodrigo Fresán y Paul Auster.

Para despedir esta serie, tres autores que me parece que no desentonan entre sí y que de alguna manera resumen esta serie, pero también a su manera esta época literaria.

1. Miranda July, autora de uno de los libros de relatos, para mí, más decepcionantes del año, "Nadie es más de aquí que tú", es una artista multifacética. Escritora, artista multimedia, cantante, y muchas actividades más, ha dirigido además un par de películas. En una de ellas, "Tú, yo, y todos los demás", es la protagonista de la película. En esta escena sostiene un diálogo muy propio de sus cuentos.

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2. Rodrigo Fresán apareció en un pequeño papel, como yerno de Federico Luppi, en "Martín, Hache", la magnífica película de Aristarain, rodada en Almería, y llena de diálogos mucho más memorables que los de July. Fresán está divertido, natural, y es un cameo para recordar.

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3. Y para despedir la serie de escritores que en algún momento se metieron en camisa de once varas apareciendo en el cine, la fugaz aparición de Paul Auster en la adaptación que de su novela "La música del azar" dirigió Philip Haas, en el 93, cuando Auster era uno de los más grandes. Sirva el plano en que el coche que conduce se pierde en la lejanía para el adiós definitivo a esta sección, que espero hayáis disfrutado los que, además de los cuentos, amen el cine, que algunos deben ser.

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01 noviembre 2009

Camisa de once varas (18): Erich Maria Remarque.

Erich María Remarque (1898-1970), aunque olvidado hoy día, fue inmensamente famoso gracias a su novela Sin novedad en el frente, un alegato antibelicista ambientado en la Primera Guerra Mundial. El nazismo le hizo emigrar a los Estados Unidos. Allí, por cierto, se casaría con una de las actrices más encantadoras de la comedia americana, Paulette Godard, lo que demuestra que el señor tenía buen gusto. En los años cincuenta escribió, de nuevo con gran éxito y ambientada esta vez en la Segunda Guerra Mundial, Tiempo de amar, tiempo de morir, que fue adaptada por el melodramático Douglas Sirk al cine. En la película Remarque tiene un pequeño papel, muy inflamado de retórica religiosa, como profesor que se esconde de la Gestapo. Aquí está el fragmento en el que dialoga con el protagonista, interpretado por John Gavin.

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31 octubre 2009

Camisas de once varas (17): Harold Pinter.

El dramaturgo inglés Harold Pinter (1930-2008), ganador del Premio Nobel en 2005, tuvo una intensa actividad cinematográfica, como guionista en las memorables películas de Joseph Losey, especialmente "El sirviente" (1963) o "Accidente" (1967), donde aparecía como actor secundario en una escena que se desarrollaba en una taberna, pero también en muchas otras a lo largo del tiempo, como fueron la adaptación de Elia Kazan de la última novela de Fitzgerald, "El último magnate" (1976), "El placer de los extraños", de Paul Schrader (1990), o "La huella" de Kenneth Branagh (2007), entre muchos otros trabajos para televisión y cine.

Y entre los muchos trabajos que Pinter realizó como actor he querido destacar uno de sus últimos años: el Sir Thomas Berthram de la adaptación de la Austen "Mansfield Park" (1999).
De regalo, el video con el discurso de aceptación del Premio Nobel de 2005, subtitulado en español.


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Camisa de once varas (16): Fernando Arrabal y Jean Cocteau.

Vámonos a Francia:

1 - Fernando Arrabal hizo una disparatada y muy divertida aparición en "Qui êtes-vous, Polly Magoo?", dirigida por el maravilloso fotógrafo William Klein -si tuviera que elegir un libro de fotografía, sería su "Nueva York, 1954-55", que me ha influido más que todo Capote y Hemingway juntos-. En esta película del 66 Klein mezclaba su labor como fotógrafo de moda con sus escarceos con el cine y ha quedado como un raro icono pop. Viéndola hoy se sigue apreciando su fuerza paródica sobre el mundo de las modelos y la pasarela, pero sobre todo destaca su belleza visual, propia de un fotógrafo inolvidable. En esta peli, por cierto, también hacía un papel pequeñito el escritor Roland Topor, autor de "El quimérico inquilino", que inspiró a Polanski su película más personal.
Por cierto, por Arrabal parece que no pasan los años...

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Y una de las grandes figuras literarias francesas, Jean Cocteau, vanguardista siempre, director de cine, actor, novelista, pintor, poeta, y todo lo que se nos pueda ocurrir, protagonizó su última pelicula, "El testamento de Orfeo", en 1959. Cuatro años después, Cocteau murió. Unas horas después que Edith Piaf.
Aquel fue un asco de día.

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30 octubre 2009

Los mecanismos de la ficción - James Wood.


24

En el caso de David Foster Wallace, el lenguaje de esta narración no identificada es espantosamente feo y resulta doloroso durante más de una o dos páginas. No surgen problemas análogos en Chéjov o en Verga porque no se enfrentan a la saturación del lenguaje por parte de los mass media. Pero en Estados Unidos es distinto: Dreiser en Nuestra hermana Carrie, publicada en 1900, y Sinclair Lewis en Babbitt (1923) se preocupan mucho de reproducir completos todos los anuncios y cartas comerciales y folletos de los que quieren dar noticia novelística.

Así da comienzo la arriesgada tautología inherente al proyecto contemporáneo de escritura: para evocar un lenguaje degradado (el lenguaje degradado que podría usar el personaje) uno tiene que estar dispuesto a representar ese lenguaje deshecho en su propio texto, y quizás a degradar completamente el propio lenguaje. Pynchon, DeLillo, David Foster Wallace son hasta cierto punto herederos de Lewis (probablemente sólo en este sentido). y Wallace lleva a extremos paródicos su método de inmersión plena: no se inmuta a la hora de narrar veinte o treinta páginas con el estilo antes citado. Su ficción inicia una intensa polémica sobre la disgregación del lenguaje en Estados Unidos, y él no teme disgregar (y descomponer) su propio estilo en interés de hacernos vivir con él esa América lingüistica. "Esto es América, vivís en ella; tenéis que dejar que sea lo que quiera", como dice Pynchon en La subasta del lote 49. Whitman llama a Estados Unidos "el mayor poema", pero si es éste el caso, entonces América puede representar un peligro mimético para el escritor: que el poema propio se hinche en contacto con el poema rival, América. Auden enmarca muy bien este problema general en su poema "El novelista": el poeta puede lanzarse al ataque como un húsar, escribe, pero el novelista debe ir más despacio, aprender a ser "sencillo y difícil", y debe "convertirse en el colmo del aburrimiento". En otras palabras, el trabajo del novelista es convertirse en algo, imitar lo que describe, aunque el tema en sí sea degradado, vulgar y aburrido. A David Foster Wallace se le da muy bien convertirse en el colmo del aburrimiento.

Los mecanismos de la ficción, James Wood. Editorial Gredos, 2009.

29 octubre 2009

Camisa de once varas (15): Camilo José Cela y Juan Manuel de Prada.

1 - Quizás la más mítica aparición de un escritor en el cine español. Cela pasó a formar parte del gran Babel del cine español de aquel momento que fue "La colmena", de Mario Camus, en el ochenta y dos. Muchos de los grandes que actúan en ella están muertos, incluido Cela, pero su aparición como inventor de palabras es inolvidable para todos los cinéfilos a los que además les gusta la literatura, o viceversa.
De regalo, un fragmento de la misma película en el que se demuestra que lo de los premios literarios no ha cambiado tanto de una postguerra a esta parte.

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2 - Y otra escena con escritor dentro. Juan Manuel de Prada aparecía en "Historia de un beso", entrevistando al escritor que interpretaba Alfredo Landa, y con el cameo glorioso de Enrique del Pozo, también por allí. La escena no desentona junto a "La colmena".

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28 octubre 2009

Jorge Ibargüengoitia en Almería.

En el volumen Revolución en el jardín, recopilación de crónicas periodísticas del escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia, (Guanajuato, 22 de enero de 1928 - Mejorada del Campo, 27 de noviembre de 1983) seleccionadas por Juan Villoro para la editorial Reino de Redonda, encontré el artículo titulado "Mujer pintando en cuarto azul", en el que descubrí para mi sorpresa que Ibargüengoitia había estado viviendo durante un tiempo en Almería, durante finales de los setenta o principios de los ochenta (no están datados los artículos). Concretamente en el pueblo de Roquetas de Mar. El escritor daba el dato del nombre del edificio y me pregunté si seguiría existiendo y podría localizarlo. Así fue. Di con el piso de apartamentos en el que vivió Ibargüengoitia, hoy encajonado entre chiringitos de buen pescado gracias al cercano puerto, y lo fotografié para todos vosotros. Incluyo aquí el texto de Ibargüengoitia salpicado con tres fotografías del edificio y de la vista frente a él que Ibargüengoitia y su mujer disfrutaron a diario.

Mujer Pintando en cuarto azul
El primer departamento que mi mujer y yo vimos cuando llegamos a Londres, en septiembre del año antepasado, estaba en un segundo piso, tenía dos pequeñas recámaras y una estancia agradable, iluminada por un ventanal que daba a un jardín ajeno. Hubiera podido convertirse en un magnífico estudio de pintor. Yo estaba dispuesto a alquilarlo, pero mi mujer se opuso porque los pisos estaban cubiertos con alfombra verde perico. En vez de eso, prefirió instalarse en el departamento en que vivimos cuatro meses, que era un semisótano. Mi mujer puso su caballete en la sala y yo mi máquina de escribir en la recámara, sobre una mesa de nogal antigua. En la sala había luz natural de once a dos -a las tres había que encender la luz o entrar a tientas- en la ventana, por la que se veían pasar piernas, había una cortina de seda azul que no se descorría por completo, lo que hacía que el cuarto, durante el día, tuviera un ambiente azulado levemente draculense.
El elemento más importante del departamento era un pasillo largo y oscuro, iluminado por un foco color de rosa, al fin del cual podía verse, como rayo de esperanza, la cocina. Este pasillo lo recorrimos muchas veces, en diferentes grados de "deshabillé", para abrirle la puerta al cartero, con la esperanza de que trajera uno de los cheques que se tardaron tanto tiempo en llegar.
Mi mujer encontró un papel barato, muy bueno, propio para la acuarela. Con una tabla y el caballete improvisó un restirador y empezó a hacer guaches. Pintaba un rato, cuando oscurecía se ponía el abrigo y los guantes, y se iba al centro de Londres a ver aparadores.
Entre los cuadros que hizo en esta época aparecen dos temas recurrentes; el pasillo que había en el departamento y la "mujer con capa", que es un desnudo de pie inspirado en el retrato de una cirquera, que mi mujer encontró en el libro de fotografías de Diane Arbus.
Al cabo de los cuatro meses mi mujer guardó los guaches en una caja de madera y los dejó encargados en el desván de unos amigos.
Durante tres meses anduvimos de la Ceca a la Meca. A principios de abril, agotados, alquilamos un departamento en el edificio Los Remos, Puerto de Roquetas de Mar, provincia de Almería, España. En él mi mujer tenía un cuarto especial para pintar.


Yo, que cargo mi máquina en la mano y encuentro papel en todos lados, la compadecía. Tuvo que mandar hacer el caballete y los bastidores con un carpintero viejo, compró los últimos cinco metros de manta de algodón que había en la provincia – las demás telas eran de fibras sintéticas-, y después de mucho buscar encontró gesso acrílico en una perfumería de la calle del Arco. Después restiró la tela y la preparó. Hecho esto, que en México lo soluciona con un telefonema a la Casa del Arte, se puso a pintar.
Mientras el viento de la Sierra Nevada hacía temblar las ventanas, ella pintó una serie de cuadros de los que el más notable es el que representa a cuatro turistas -desnudos y azulados- en el Valle de los Reyes. La manta española y el gesso acrílico comprado en la perfumería le dan a estos cuadros una textura más áspera que todo lo demás que mi mujer ha hecho.
Cuando llegó el momento de empacarlos, mi mujer desmontó las telas, las hizo rollo y las metió en una reja de madera que empezó a romperse antes de llegar a Londres.

Cuando regresamos a México, mi mujer pospuso durante semanas el momento de abrir la caja de los guaches y desenrollar las pinturas. Por fin, un día se hizo de ánimo, yo cogí un desarmador, subimos al estudio y abrimos la caja de madera.
No podíamos creer lo que veíamos: los colores oscuros, confusos, que habíamos visto en la luz invernal del semisótano londinense, eran vivos, definidos y alegres en el estudio de Coyoacán. Lo que ella había hecho en Londres había resultado un experimento exitoso. Con los cuadros de Roquetas pasó algo semejante: lo que parecía aspereza a secas de la tela le dio al color una profundidad que los pintores muchas veces buscan y rara vez obtienen.
Me quedé pensando: el pintor, lo mismo que el escritor, no sabe lo que hizo hasta que es demasiado tarde.

27 octubre 2009

Piedad - Miguel Mena


Visité Huesca en marzo. Visité una librería de Huesca en marzo. No recuerdo su nombre. Estaba por el centro. Aunque en Huesca todo es centro. El libro, editado en Xordica, me salió al paso. El corazón de su portada –qué contrasentido-, eviscerado y al óleo, me llamó. Me sorprendió comprobar que eran relatos, microrrelatos muy narrativos. Leí allí mismo tres o cuatro. Tenía que comprarlo. Lo compré. Dejé el corazón sobre la mesita del hotel. Veía el corazón desde la almohada, el corazón de Miguel Mena. Ya en Almería, empecé un par de veces a leerlo, pero no tenía suficientes fuerzas. Era débil, o el libro era demasiado amargo. ¿Atroz? ¿Seco? ¿Duro? Todo lo contrario, pero también eso. Como la vida. Anécdotas, historias, paradojas, la lógica del azar entresacada de lo que ocurre, de lo que siempre viene ocurriendo. Lo que venimos olvidando. Un hijo con una enfermedad que le hace parecer el más feliz –quizás le haga creer que lo es- y que inunda a su padre con una amargura que este aprende a comprender y combatir. Terroristas, muertes por azar, nombres olvidados de gente olvidada que se ganó el olvido pese a su heroísmo. ¿Quién quiere héroes? Son microrrelatos, pero apenas se ha hablado de este libro en prensa o blogs. Ni por los que gustan de los microrrelatos, ni por los amantes de las noticias, ni por los periodistas, ni por los fotógrafos –el libro, junto a los cuentos, incluye fotografías del propio Mena-. Es un libro incómodo. Bello. Necesario –tantas veces de dice, pero lo afirmo, y me conformo-. Auténtico. La voz de Miguel Mena suena auténtica, y narrativa. Son microrrelatos que resumen vidas. Él lo cuenta en una de las historias. Muñoz Molina necesitó trescientas páginas para contar su mili y Fernando Aramburu una línea. Todo es admisible, pero estos cuentos tienen vocación de flecha envenenada. Cuando lo acabé al fin no supe hablar de ellos, porque sólo quería invocar la necesidad de su lectura. Pero, ¿quién soy para pedir que alguien lea este libro, cualquier libro? Piedad, de Miguel Mena. Y se fue pasando el tiempo, y no hablé de él en este blog, y fui leyendo otras cosas, y releyendo algunas de estas historias, que no sería capaz de contar a gente demasiado joven. Aprenderían, quizás antes de tiempo, qué cosas pueden llegar a ocurrir en la vida. El azar de la belleza y las nostalgias, las melancolías de las decepciones, la sangre de los que quieren matar, y matan, las vidas de padres entregadas a una causa que al final se vuelve irreconocible. Piedad, de Miguel Mena. Lo compré en una librería del centro de Huesca, donde todo es centro. Su corazón, el corazón de su portada –paradoja- me miró desde la mesita de noche del hotel. Luego lo leí y pensé en él muchas veces. Es uno de los mejores libros de este año, pero ¿quién soy para afirmar algo así? Me conformo con haberlo leído. El corazón late. Con piedad o sin ella, todo ocurrirá. Miguel Mena lo sabe. Incluso lo ha contado.

26 octubre 2009

Adiós, hasta mañana - William Maxwell.


“Otros niños pudieron soportarlo, lo han soportado. Mi hermano mayor lo logró, no sé cómo. Yo no pude.”

Casi al final de esta novela encontramos la declaración anterior en boca del narrador, un narrador-protagonista-testigo y a la vez elusivo, testigo indirecto. No pudo superar la muerte de su madre cuando él tuvo diez años, a consecuencia de la epidemia de gripe del 18. Y para asumir definitivamente esa pérdida y a la vez enjugar un sentimiento de culpa, nace “Adiós, hasta mañana”. El sentimiento de culpa lo origina un saludo no ofrecido a su amigo de la infancia Cletus Smith, cuando se cruza con él por los pasillos del instituto de la ciudad, tiempo después de que el padre de Cletus se suicidara tras matar a su vecino de finca y gran amigo, Lloyd Wilson. Así, la novela comienza con un disparo, y ese disparo –el título del primer capítulo es “Un disparo”- evidencia, más allá de la descripción de un crimen horrendo entre dos amigos inseparables, la necesidad que el autor tiene de deslizarse por un camino de memoria y recuperación, a través del que explicar las carencias, la sucesión de pérdidas que conlleva el paso del tiempo, y que Maxwell simboliza en ese amigo al que negó el saludo.

“Aquel disparo nos separó para siempre.”

Pero Maxwell, identificado al máximo con el narrador casi invisible, que apenas interviene en la acción, necesita entender por qué les separó, cómo les separó, y en el fondo cuáles son las claves del funcionamiento de la memoria y los recuerdos, hasta qué punto los recuerdos recomponen o descomponen la realidad.
Y como nos encontramos ante una reflexión sobre la memoria, Maxwell, tras una introducción en la que describe el hecho criminal que da origen a la novela, en un primer capítulo que además crea unas expectativas argumentales de una novela “con” intriga que luego van siendo corregidas, rememora la muerte de su madre, en un capítulo memorable en el que se analiza el impacto que la pérdida de la madre tiene en la infancia de una persona. Contando desde la vejez, la muerte de la madre sigue afectándole: “Nueva York es una ciudad donde uno puede llorar por la calle en perfecta intimidad”.

“Mi hermano menor nació el día de Año Nuevo de 1918, en plena epidemia de gripe. Mi madre murió a los dos días, de pulmonia doble. A partir de entonces se acabaron las tragedias. Nos había pasado lo peor que nos podía pasar y el mundo perdió su brillo.”

Maxwell describe a su familia, nos da detalles sobre ella, aunque esos detalles luego no serán utilizados en el resto de la novela –por ejemplo, su hermano mayor tenía una pierna artificial, como en aquel glorioso relato de Flannery O’Connor- y va teselando un mosaico de tragedia e infortunio mezclado con cotidianeidad. La madre muere pero el padre queda y rehace su vida. Con delicado lirismo, Maxwell va mostrando el sentimiento de pérdida y de resquemor hacia el que queda, porque asimila su actitud con la del enterramiento del recuerdo de su madre.

“(Su padre) Regaló las joyas de mi madre, pero a mí me importó más que se deshiciera de su ropa, porque no pude seguir abriendo su armario para mirarla.” “Que el padre vuelva a casarse se considera una traición no sólo a la madre muerta, sino también a los hijos, sea como sea la madrastra.”

Y la descripción de ese mundo infantil desprovisto de alegría es volcada ante el lector a través de un método que recupera los recuerdos como si fueran briznas recién cortadas de una planta que no envejece en la memoria. Esas briznas de pasado van floreciendo sorpresivamente en la narración, al tiempo que el personaje-autor, autor-personaje, reconoce la condición falible de ese mismo acercamiento sensitivo a la realidad. La memoria manifiesta peligros incluso cuando analiza a su madre, de la que duda cuando tiene que recordarla: “La fotografía retocada se antepuso al rostro que yo recordaba, de modo que cada vez me costaba más saber cómo había sido mi madre de verdad. Pasado un tiempo ya sólo retuve en la memoria su aspecto general,pero seguía acordándome de su voz, recuerdo al que me aferraba tercamente.”

Hay dos frases que definen la estrategia narrativa de esta novela:

“Lo que solemos calificar tranquilamente de recuerdo resulta ser una forma de narración que sucede continuamente en nuestra cabeza y que cambia frecuentemente al divulgarse”.

“Lo cierto es que, al hablar del pasado, mentimos a cada paso.”

A partir de la asunción de esta condición falible del recuerdo se afronta la narración, estructurada de un modo desconcertante pero muy moderno, lo que hace que treinta años después de su publicación posea el encanto posmoderno de lo fugaz, de la indefinición narrativa, del acercamiento al nódulo de la trama desde diversos campos y estructuras que se van renovando conforme avanza la novela. Así, hay tres bloques en la novela: una parte de la narración es la rememoración personal –su historia familiar, la muerte de la madre, el luto-, otra una exposición de hechos objetivos, desde el presente del narrador –el crimen de Lloyd Wilson, lo que los periódicos contaron de él-, y hay otra, la más arriesgada –toda la historia de Cletus y el asesinato que comete su padre- que es recreada, narrada como si de una novela convencional se tratase, pero Maxwell declara conocer este tramo por las noticias que conmocionaron al pueblo en la época del crimen. Maxwell y el narrador –indisociables ambos en este caso- dicen que no habían visto en su vida a Lloyd Wilson: “La única fotografía que he visto de él, o de Lloyd Wilson, fue la que salió en la portada del Courier-Herald” (Pag. 52); “No sé qué aspecto tenía ella” (Pag. 51). Es decir, el narrador cuenta lo que pudo ocurrir, tal y como él lo imagina, para explicar lo que ocurrió.

Lo que ocurrió fue que de alguna manera propia de la adolescencia, el narrador culpabilizó a un hijo del crimen de su padre. La historia de Maxwell está motivada por un profundo ataque de culpabilidad al recordar el día en que despreció a su amigo Cletus Smith, padre del asesino de Lloyd Wilson. Eso dispara su “necesidad” de memoria. Pero desde el principio, cuando recuerda a los niños que le pegaban y perseguían al salir de clase simplemente porque ellos eran malos estudiantes y él tenía “la mala costumbre de responder correctamente cuando me preguntaba en clase”, admite sentirse culpable también de todo eso: “Al volver la vista atrás me doy cuenta de que todos mis problemas me los buscaba yo solo.(...) Era obvio que había algo en mí que lo propiciaba”. En el fondo, el narrador aprende a ser compasivo con los demás para perdonarse su deseo de culpar a alguien de la muerte de su madre, y sus propias debilidades. Cletus aparece en su vida como una figura nueva. Precisamente el título de la novela reproduce las palabras que Cletus y él se dirigían como despedida después de cada tarde de juegos. Maxwell reconocía en Cletus a un igual, alguien que se ponía a su nivel, que le aceptaba y que incluso aceptaba sus sugerencias respecto a qué podían o no jugar. Por eso es más doloroso para Maxwell, desde la atalaya de la vejez, seguir preguntándose por qué despreció a alguien inocente para inventar una disculpa de su propio miedo a profundizar en Cletus. Y así, el escritor, desde la vejez, repito, escribe, indaga, investiga sobre aquel crimen y lo cuenta como si fuera una invención suya, pero al tiempo esa invención le permite ahondar en la verdad, en su miedo, en su nostalgia, en el deseo de concordia con su propio pasado. Y no teme anunciar los trucos de los que se vale para reproducir lo que él no pudo conocer.

En las págs. 75y 76 Maxwell dice: “A menos que intervenga el azar, la única posibilidad que tengo de volver a establecer contacto con él (Cletus) no parece estar en el presente, sino en el pasado, al intentar reconstruir ese testimonio que a él jamás se le requirió. (..) Si al lector le cuesta creer alguna parte de la mezcla de verdad y fantasía que se ofrece a continuación, le consiento que la ignore. Me conformaría con atenerme a los hechos, si los supiera. Primero tengo que inventarme un perro...” Ese perro será luego el punto culminante de la historia, y desde su punto de vista se contará la terrible desintegración de una amistad y de una familia, en paralelo a la desgracia del animal, en una utilización de la criatura que me recuerda al del famoso capítulo de la tortuga de Las uvas de la ira, de Steinbeck.

Maxwell asimila esa parte de la narración a una baraja que se pone poca abajo y de la que se van extrayendo cartas –los personajes, los detalles, los añadidos narrativos que darán credibilidad a lo que el niño no conoció-. Hay que recordar respecto a este símil que Maxwell-narrador recuerda cómo su madrastra, Grace, se unía a otras mujeres del barrio para jugar al subastado y al bridge. Tardes pasadas jugando a las cartas. Sutil modo de engarzar el presente del novelista que inventa con el del amigo que es recordado y el pasado del niño sin madre que es evocado.

Así funcionan las cosas en esta novela mágica, extraña y cercana, en la que hay que poner mucha atención para caminar con precisión por sus vericuetos rememorativos, y en la que se da siempre una oportunidad al pasado de ser ennoblecido, mejorado, a través de la narración de varias muertes paralelas de seres que eran queridos y que con la pena que nació de sus muertes alimentaron una sensación profunda de pérdida que duraría lo que dura una vida, o una novela.

Adiós, hasta mañana - William Maxwell
Editorial Libros del Asteroide.

Fotografía: Chris Jelley.

25 octubre 2009

Camisa de once varas (14): James Dickey

James Dickey (1923-1997) fue un autor americano hoy olvidado, pero que en su época gozó de gran prestigio como poeta. Poeta laureado del Congreso americano, ganador del National Book Awards, publicó numerosos volúmenes de poesía antes de hacerse popular por su novela Deliverance, que tuvo una adaptación cinematográfica en 1972. Se ocupó del guión del filme y por él estuvo nominado al Oscar. Vista hoy de nuevo, Deliverance -la peli que inauguró aquel ochentero experimento televisivo que fue Cine de medianoche- se consolida como una de las grandes películas de los setenta: potente, recia, apasionante y compleja. En ella, además, el lector de cuentos encontrará aromas de tantas excursiones de caza protagonizadas por personajes de Carver, Ford o, mucho antes, Hemingway. Dickey se reservó un pequeño papel como sheriff del pueblo que investiga los sucesos que cuenta la historia. Su planta de actor secundario de película de Ford o Hawks le da gran credibilidad. Aquí se enfrenta a Jon Voight, estrella de los setenta ahora reducido a "padre de...".
La novela, por cierto, reúne todas las condiciones para... ¿ser recuperada por alguna editorial actual como gran gloria olvidada de los archivos americanos? Al tiempo.

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Camisa de once varas (13): Susan Sontag, Saul Bellow y Francis Scott Fitzgerald.

Y otro modo de salir en una película: hacer un papel...interpretándose a sí mismo. Lo consiguió Woody Allen en Zelig (1983) con Saul Bellow, Susan Sontag y, sobre todo, unas imágenes impagables del gran Scott Fitzgerald, a su aire, como si el crack-up no estuviese cercano.

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24 octubre 2009

Dos cuentos de María Teresa Andruetto.

María Teresa Andruetto es una reconocida escritora argentina que ha centrado parte de su trabajo en la literatura infantil y juvenil. Por el conjunto de su obra acaba de ser galardonada con el V premio Iberoamericano SM de Literatura Infantil y Juvenil. Un importante reconocimiento que se une a otras obras para adultos, en los géneros de la novela y el cuento. Incluyo aquí dos cuentos de su trabajo juvenil, que ha recibido tan importante reconocimiento.
El cuento "La mujer del moñito" pertenece a El anillo encantado (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1993)
"Huellas en la arena" pertenece al libro del mismo título ( Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1997).


La mujer del moñito

Hacía poco tiempo que Longobardo había ganado la batalla de Silecia, cuando los príncipes de Isabela decidieron organizar un baile de disfraces en su honor.
El baile se haría la noche de Pentecostés, en las terrazas del Palacio Púrpura, y a él serían invitadas todas las mujeres del reino.
Longobardo decidió disfrazarse de corsario para no verse obligado a ocultar su voluntad intrépida y salvaje.
Con unas calzas verdes y una camisa de seda blanca que dejaba ver en parte el pecho victorioso, atravesó las colinas. Iba montando en una potra negra de corazón palpitante como el suyo.
Fue uno de los primeros en llegar. Como corresponde a un pirata, llevaba el ojo izquierdo cubierto por un parche. Con el ojo que le quedaba libre de tapujos, se dispuso a mirar a las jóvenes que llegaban ocultas tras los disfraces.

Entró una ninfa envuelta en gasas.
Entró una gitana morena.
Entró una mendiga cubierta de harapos.
Entró una campesina.
Entró una cortesana que tenía un vestido de terciopelo rojo apretado hasta la cintura y una falda levantada con enaguas de almidón.
Al pasar junto a Longobardo, le hizo una leve inclinación a manera de saludo. Eso fue suficiente para que él se decidiera a invitarla a bailar.

La cortesana era joven y hermosa. Y a diferencia de las otras mujeres, no llevaba joyas sino apenas una cinta negra que remataba en un moño en mitad del cuello.

Risas.
Confidencias.
Mazurcas.

Ella giraba en los brazos de Longobardo. Y cuando cesaba la música, extendía la mano para que él la besara. Hasta que se dejó arrastrar, en el torbellino del baile, hacía un rincón de la terraza, junto a las escalinatas. Y se entregó a ese abrazo poderoso.
Él le acarició el escote, el nacimiento de los hombros, el cuello pálido, el moñito negro.

-¡No! –dijo ella-. ¡No lo toques!
-¿Por qué?
-Si me amas, debes jurarme que jamás desatarás este moño.
-Lo juro –respondió él.
Y siguió acariciándola.

Hasta que le deseo de saber qué secreto había allí le quitó el sosiego.
Le besaba la frente.
Las mejillas.
Los labios con gusto a fruta.
Obsesionado siempre por el moñito negro.
Y cuando estuvo seguro de que ella desfallecía de amor, tiró de la cinta.

Tiró de la cinta.
El nudo se deshizo.
Y la cabeza de la joven cayó rodando por las escalinatas.

Huellas en la arena

En los confines del desierto un hombre y una mujer se encuentran para hacer un viaje. El hombre se llama Ramadán, la mujer Suraqadima, y el viaje que emprenden más parece una huida.
Antes que el viento lo disuelva, se puede ver el dibujo de los pies sobre la arena: las huellas cruzan el desierto hasta el oasis donde abrevan los hombres y las bestias.
Junto al frescor del agua se sientan. Ella afloja el lazo que le ciñe la cintura, desata las sandalias, bebe. Él moja sus sienes, la barba, el pecho, y luego la nuca de ella, el pelo.
Han dejado atrás su casa, los hijos, el marido de ella, la mujer de él, y pasan la tarde haciendo planes. En un día de marcha llegarán al otro lado de las dunas, a una ciudad donde Ramadán tiene amigos y dinero.
Atrás quedarán las sombras.

Suraqadima levanta la cabeza y ve una calavera y una inscripción que narra un crimen. Imagina que quien ha muerto aquella vez ha de haber sido una mujer y piensa también que acaso esa mujer haya abandonado al marido y a los hijos para encontrarse con un hombre que tiene amigos y dinero en una ciudad que está al otro lado de las dunas. Y que si no hubiera soplado el viento se podrían ver todavía sobre la arena sus huellas, el viaje a través del desierto, los pies del hombre tras los de ella hasta la mancha verde, hasta la vera del agua, donde él, piensa ella, la ha de haber matado.
Ramadán le pregunta en qué está pensando. Ella señala la calavera y cuenta:

“Cierta vez una mujer abandonó su casa, su marido, sus hijos para ir detrás de un hombre. Hizo siguiéndolo un viaje en el desierto. En busca de un oasis de agua pura y verde. Y cuando lo encontraron, por alguna razón que desconoce, el hombre la mató a la vera del agua”.
Cuenta esa historia que nace, sin que sepa por qué, de sus labios y mira al amado a los ojos.
Y el amado la mata por segunda vez.

23 octubre 2009

Camisa de once varas (12): William Burroughs y Truman Capote.

Doble ración de escritores americanos:

1- Ya hace veinte años que el mítico escritor beat William Burroughs participó en el debut cinematográfico del ahora consagrado Gus Van Sant: "Drugstore cowboy", magnífica película en la que Matt Dillon interpretaba a un yonki que en un determinado momento buscaba consejo para el elevamiento de su espíritu y para el arte del camelleo en el viejo Burroughs, de vuelta de todo.

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2- El no menos mítico Truman Capote intervino como actor en "Un cadáver a los postres" (1976), parodia de las novelas policiacas de salón y reunión-final-para-desenmascarar-al-criminal en la que Capote interpretaba al mago de oz, la mano que mecía la cuna, el manipulador deus ex machina que siempre le gustó ser. Los distintos prototipos de detectives clásicos -Marlowe, Poirot, y muchos otros- estaban interpretadas por viejas glorias como DAvid Niven, Peter Sellers, Peter Falk o Elsa Lanchester. Lástima que aquí no haya podido incluir la escena en versión original porque sería una ocasión genial para escuchar la dicción perfecta de Sir Alec Guinness, pero -y sobre todo- el chiflido que Capote tenía por voz, y que tan bien imitara Philip Seymour Hoffman en "Capote".

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22 octubre 2009

El otro mundo - Hilario J. Rodríguez.


Cuando leí el delicado libro, con vocación de secreto, Mapa mudo (Ediciones Traspiés), me sentí muy atraído por la faceta narrativa de su autor, Hilario J. Rodriguez, al que conocía como crítico cinematográfico. No había leído su primera novela, Construyendo Babel, publicada en Tropismos hace unos años, pero deseé que otro libro narrativo siguiera, a no mucho tardar, a Mapa mudo, un recorrido sentimental por los rincones, mentales y físicos, más literarios de numerosos escritores.

Mi sorpresa ha sido que ese libro deseado ha llegado mucho antes de lo que pensaba. Apenas unos meses después, la muy interesante editorial gallega Ediciones del Viento ha publicado su segunda novela, El otro mundo.

“Para Sebald, escribir era escribir entre líneas, sobre nada demasiado importante, un objeto inservible, la corteza de un árbol; escribir como si uno no estuviera en realidad escribiendo, como si sólo respirase.” (Pg. 31)

En ese párrafo está la declaración fundamental de la novela. Casi al modo de Senfield, construyendo una serie que iba a tratar sobre nada, esta narración, de ambiente también neoyorquino, busca edificar su significado a través de significantes leves, suaves y cotidianos, pero que al ir acumulándose a lo largo de su casi cincuentena de capítulos muy breves, de no más de cuatro páginas, acaban por reflejarnos el interior de un personaje desubicado a través de todo lo que le rodea y pasa a diario, a través de todo lo que le “ubica” en un Nueva York al que ha viajado para acompañar a su mujer, con la que busca recomponer una relación que está llegando a su particular Grand Central Station para que cada pasajero tome su línea de metro, en direcciones separadas.

Ese personaje se llama Hilario J. Rodriguez y tiene muchos detalles biográficos que coinciden con el autor. Gallego, ha escrito libros de cine como él, ha publicado una novela que se titula Construyendo Babel, como la suya. Es él, por lo que parece, aunque bien podría habernos engañado el autor con todos los detalles de su personaje, que no podemos confrontar con la biografía del autor. ¿Estamos ante un nuevo ejemplo del exitoso género de autoficción? Sí, pero para mí, al menos, no es eso lo más importante, o lo más atrayente de este libro. De hecho, el riesgo sorteado de este tipo de libros -y bien sorteado aquí- es el de hacer pasar por interesante algo que sólo se lo parece al escritor.

Pero Hilario J. Rodriguez logra ir tramando una red de pequeñas historias que podrían ser un trenzado de acontecimientos e historias reales o una urdimbre de fantasías que parecen reales, contadas con naturalidad. Y esa naturalidad es el mayor logro de la narración. La historia está siempre contada en voz baja, sin molestar, como una confidencia que un tímido nos hace en mitad de una fiesta, siempre con miedo a ser oído. Hay una apariencia de motivos y anécdotas contadas sin un plan previo, pero ese plan existe. Hay recurrencias –Sebald, cuya advocación continua funciona como manto protector e indicador de las intenciones narrativas de Hilario J. Rodriguez; Gueloz Nsingui, un africano al que el personaje conoció en una pizzería en la que trabajaba; Tatjana Stankovic, un antiguo amor cuya sombra se va engrandeciendo conforme el libro avanza, Mary y Christopher, sus vecinos, y, sobre todo, Eva y Samuel, su mujer y su hijo, que son el espejo ante el que Hilario refleja sus dudas y desconciertos- que contribuyen impregnar de melodía a la partitura.

Visitar un pueblo cercano puede ser el primer viaje a América, porque el protagonista se reconoce errante, sin asideros, solitario, "las familias suelen ser demasiado ruidosas y empeoran el estado de todo", sabe que debe establecer un punto y aparte en su vida pero teme que el aparte no lleve a ningún sitio. Nueva York, como tantas veces antes en la literatura, se convierte en símbolo de la errancia, la soledad acompañada y la aspiración a la transformación personal.

Muchos de sus capítulos siguen una técnica reconocible: el autor toma una anécdota del personaje, neoyorquina o española, y la mezcla con su contraria, la española o neoyorquina, buscando tapizar esa red temática con recuerdos muy disímiles que procuran con ese arte del contraste una armonía de la sugerencia. En el capítulo XVI se habla de una torre en Mérida para relacionarla con las Torres Gemelas y ambos con la idea de habitar algo. Esta forma de escribir hace del libro una experiencia siempre interesante porque Hilario J. Rodriguez sabe bucear en conductas y recuerdos nimios para activar una corriente de sentido. Algunos de sus capítulos, como el XXV, son magníficos relatos cortos que podrían extraerse como tales del volumen. Rodriguez reflexiona sobre los que le rodean, aquellos a los que se cruza en un portal, pero también sobre la idea de familia, sobre la importancia del nombre propio, sobre el miedo a la violencia cercana, sobre el secreto que contiene toda carta cerrada, sobre la posesión de camisas ajenas, sobre como una sartén que se prende puede hacernos arder por dentro.

Con su tono confidencial, con su pretensión de narrarnos, pero sin ánimo de molestar, casi sin hacerse oír, El otro mundo es un libro en el que el autor -¿o el personaje?- se nos muestra tal cual es, sin tener miedo a tratarse con dureza pero sin caer en el reprochable victimismo, admitiendo que toda obra literaria es una forma de promesa que debemos a alguien, y que nunca terminaremos de pagar.

21 octubre 2009

Camisa de once varas (11): Buñuel, José Bergamín, Buero Vallejo.

Como diría Garci, "saquen los reclinatorios". Hoy podremos ver al que me parece uno de los más importantes artistas españoles de toda nuestra historia, Luis Buñuel, en dos películas bien distintas, pero a la vez muy cercanas entre sí. En la primera, "Llanto por un bandido" participó en el papel de verdugo para apoyar a un joven director que rodaba su primera película, Carlos Saura, que tuvo en Buñuel, su paisano aragonés, a su gran maestro. Pero ración doble, oiga, porque en esa escena, el comienzo de la película, se puede ver cómo Antonio Buero Vallejo da lectura a la orden de ejecución.

La segunda escena pertenece a uno de los últimos filmes de Buñuel, "El fantasma de la libertad", una deliciosa fantasía en la que Buñuel juega con los géneros y la historia, y de la que también vemos el principio de la película, con otra ejecución. Buñuel pasa de verdugo a ejecutado, luciendo uno de sus disfraces preferidos, como consta en varias fotografías desde su juventud: el de monje, monja o sacerdotes varios. Pero ración doble también aquí, oiga, porque otro de los ejecutados, enclenque, tristón, de cuerpo aforístico, es José Bergamín. A disfrutar.


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16 octubre 2009

Pepe Cervera: "El escritor debe disimular sus verdades con verosimilitud".

Pepe Cervera (Alfafar, Valencia, 1965) acaba de publicar su segundo libro de relatos, Conozco un atajo que te llevará al infierno (e.d.a libros), tras El tacto de un billete falso (Editorial Denes, 2007). Escrito como un catálogo de vidas que se entrecruzan sobre el marco imaginario de Alhofra, y protagonizado por la figura inquietante de Andrés Tangen, el autor se ha valido de una prosa que va de la sequedad a la nostalgia de las vidas no vividas para escribir un gran libro de relatos que ojalá encuentre todos los lectores que merece.



1. Tu libro está organizado como la novela de una vida en forma de cuentos. La vida de Andrés Tangen, y, a través de él, de las personas que lo rodean. Hay una especie de mensaje oculto en la estructura del libro: no nos confundamos, las novelas pueden hilar epopeyas cotidianas y vitales, pero también el cuento. Y no hay tantas diferencias entre ambos géneros.

La estructura del libro la tuve clara desde el primer momento. Verdaderamente me encuentro cómodo en este formato y para narrar la vida de Andrés Tangen me propuse alternar relatos cortos, de entre 2 ó 3 páginas, con otros de hasta 12 ó 14. El orden de los relatos —que tantos quebraderos de cabeza producen a muchos cuentistas— me vino dado. Tenía una historia y mi propósito era fragmentarla, romperla, que cada cuento tuviera peso y significado por sí mismo, desgajado del resto, pero que la perspectiva del conjunto añadiera una magnitud definitiva, que la rematara. Me gustaría que los lectores apreciaran un sentido nuevo cuando lleguen al final del libro, un significado que antes le hubiera pasado desapercibido, porque creo que hay elementos, sobre todo en lo que se refiere a la personalidad del protagonista, que adquieren su dimensión exacta al llegar al último relato.

Por otra parte, respecto a la diferencia entre géneros literarios, yo sí estoy convencido de que las hay —muchas y a mucha honra—, pero eso no prestigia a unos en detrimento de otros. Cada creador elige sus propios mecanismos para alcanzar lo que persigue, o bien los mecanismos eligen a cada creador. No soy partidario de conflictos entre novela y cuento. Ese es un debate que no me interesa, aunque sí me resulta llamativo que a un cuentista se le pregunte continuamente para cuándo una novela, y a un novelista no se le pregunte jamás para cuándo un libro de cuentos.

2. El gran logro de tu libro me parece la modulación elegante del lenguaje con el que se van contando las distintas fases de la vida de Andrés Tangen: cuando se abarca la crueldad de la niñez, la mirada es cruda -"Verdugos"-; para la rebeldía y el descubrimiento sexual de la adolescencia, el lenguaje es más perturbador y extrañado -"¿Cómo va a ser lo mismo?"-; para la melancolía final de la madurez, el lenguaje se va haciendo melancólico.

Sí, el tono era primordial para acotar las diferentes etapas y definir la evolución del personaje principal. Opté por una mirada cruda para la niñez, tal y como tú indicas, porque es el tiempo más sincero y espontáneo. Si en ocasiones la infancia se sitúa más cercana a la crueldad que a la inocencia, es precisamente porque se trata de una edad instintiva, carente de prejuicios. La personalidad de un niño bascula ente extremos, sin ninguna obligación social que le obligue a disimular sus sentimientos. La adolescencia es perturbadora porque en esa etapa se concreta nuestra personalidad, es en ese periodo cuando uno empieza a apuntar las señales de aquello en lo que acabará convirtiéndose, cuando lo que uno será empieza a insinuarse. Y la melancolía de los últimos relatos que comentas, Miguel Ángel, he de admitir que no había reparado en ella, pero si existe será causada por la decepción y la inseguridad que provoca en un adulto la duda permanente de no haber llegado a ninguna parte, o haber llegado a un lugar equivocado.

3. El primer relato del libro, "Verdugos", da indicios claros de qué libro nos ofreces. Es un relato violento y cruel narrado con una voz desapasionada y distante -pero siempre "comprometida", que no "entrometida", en la historia contada-.

“Verdugos” es un cuento rápido, de un solo párrafo, que tuve que rescribir hasta el agotamiento porque a sabiendas de que abriría el libro, el muy borde tendía a desobedecerme y adoptar por su cuenta matices excesivamente salvajes que lo situaban fuera del conjunto. Es curioso que la voz no te resulte “entrometida”, ya que me vi forzado a participar en exceso hasta conseguir la imparcialidad y el desapego que consideraba necesarios para que el relato funcionara. Quería imprimirle un ritmo vertiginoso, que el lector quedara sin resuello durante las primeras páginas. Lejos de mi intención estaba moralizar con esta historia. Consideraba ese extremo trascendental. Me negaba a observar al grupo de niños con los ojos de un adulto adoctrinador; los niños debían comportarse con total libertad, sin sospechar que los estaba atrapando para convertirlos en personajes de un cuento.

4. Los tres primeros relatos son en tercera persona y hay un narrador que a veces interviene –ese casi entrometido al que me refería antes- y que da ciertas opiniones, que al principio pueden sonar extemporáneas hasta que entendemos que dan el tono "coral" que el libro busca. Pero también hay relatos en primera persona, en presente, con un tono colectivo. Desde una vocación realista. Háblanos de cómo entiendes la voz narrativa.

En efecto, hay varios relatos —creo que en el que más se evidencia es “Perlas amarillas”— en los que el narrador se convierte en un infiltrado y pasa a ser un personaje más de la trama. Eso me permite acercar al lector, arrastrarlo a mi lado y cuchichearle unas cuantas frases como si se tratara de algo que nos afecta íntimamente a ambos, y luego volverlo a desplazar para que continúe leyendo. En definitiva la voz narrativa no es más que la distancia que el autor establece entre sus personajes y los lectores. Yo me propuse utilizar las tres personas verbales del singular con la finalidad de alterar la unidad de la historia, de otro modo, de haber optado por narrarla desde un único punto de vista, por ejemplo en primera persona, corría el riesgo de situarla demasiado próxima a una novela. Y me gusta pensar que esa alternancia irregular servirá para desconcertar al lector, provocarlo y evitar que se acomode y se olvide que tiene entre manos un libro de cuentos.

5. ¿Puedes hablarnos de tus autores preferidos de relato corto, y cuáles han influido más en el origen y formación de tu obra?

Es evidente que me pierden los cuentistas norteamericanos, ellos han conseguido llamar a las cosas por su nombre, hablar de la cotidianidad sin que resulte estridente ni aburrido, y lo que para mi es más importante evitando el costumbrismo. Los nombres de los autores que prefiero, más que una lista, conforman una sucesión. La lectura de uno me lleva al siguiente. O.Henry, Hawthorne, Sherwood Anderson, Hemingway, Salinger, Cheever, Alice Munro, Annie Proulx, Carver, Tobias Wolff, Richard Bausch, Richard Ford, Thom Jones... vale, vale, voy a parar. Pero cuando pienso en el origen, en mi primera necesidad de sentarme a escribir un relato, no puedo esquivar la deuda con el Hemingway cuentista y con un libro que estructuralmente considero en la cima: “Winesburg, Ohio”, de Sherwood Anderson.

6. Escoge uno de tus relatos preferidos, por el motivo que sea, de cualquiera de tus libros: analízalo, cuéntanos cómo lo creaste, cuánto te llevó, háblanos de él cuanto quieras.

Intentaré hablar del relato titulado “Papá, no corras”, no tanto por ser mi preferido —tiendo a considerar por igual a todos mis retoños— como por ser la primera historia que quedó cerrada entre las 18 que componen el volumen. Mientras los demás cuentos existían como mero apunte ésta ya estaba escrita y finalizada, y creo que es a su alrededor que se distribuye el resto. El relato quiere hablar del abatimiento, de la fragilidad de nuestras convicciones, la debilidad de cada decisión que adoptamos y el escaso control que ejercemos sobre nuestra existencia. Surgió a raíz de una anécdota laboral. Por cuestiones de trabajo tuve contacto con una mujer que me sacaba 20 años de edad, una mujer que perfectamente podría haber sido mi madre. Se presentó en las oficinas del juzgado en el que por aquel entonces me encontraba destinado para recoger la orden de libertad de su marido. Cuando se fue con el mandamiento judicial en su poder camino del centro penitenciario, empecé a preguntarme qué podría llevar a un hombre normal y corriente a quebrantar la ley, qué pensaría una mujer normal y corriente mientras espera a su marido normal y corriente a las puertas de la prisión, qué pensaría ese hombre, qué pensarían sus hijos, cómo podrían todos ellos afrontar los días a partir de ese momento. La vida continúa y sin embargo debe de ser muy difícil seguir viviendo cuando algo así sucede. El relato trata de aportar respuestas a todas esas cuestiones.

7. Tu gran pasión es la literatura norteamericana, y entre ellas están tus cuentistas preferidos. Hay algo que has tomado muy bien de esa tradición: el vínculo espacial. Alhofra, un imaginario pueblo valenciano, también presente en tu primer libro, El tacto de un billete falso, funciona como ese perfecto marco geográfico y, tal y como entiende la tradición americana, también moral.

No sólo en la literatura norteamericana existe la tradición de mitificar ciertos lugares. Está Yoknapatawpha pero también está Macondo, y aquí en España está Región, Celama, Medana… Alhofra era el espacio de mi libro El tacto de un billete falso, es el espacio de éste, y seguramente lo será del siguiente. Es un trabajo hecho, tengo el callejero, conozco a la gente, los veo todos los días, vivo allí con ellos… Me apetecía reconocer el escenario sobre el que iban a evolucionar mis personajes y para ello debía dotarlo tanto geográfica como espiritual e intelectualmente. Si sé donde están, sé lo que les rodea, sé lo que tienen al alcance de la mano, lo que observan por la ventana de sus casas, lo que escuchan a través de las medianeras, puedo controlarlos, me resultan creíbles. Y siempre he pensado que mientras yo me crea las historias que escribo el lector acabara por creérselas. Ahí opino que es cuando interviene la simpatía médica, como esos casos en que dos gemelos son capaces de compartir sentimientos aún estando a kilómetros de distancia.

8. Hagamos un pequeño viaje literatura-cine. Al leer tu libro y observar su estructura: diversos episodios en la vida de un personaje y personajes variados que entran y salen de los relatos, desaparecen y reaparecen tres cuentos más tarde, recordaba una tradición norteamericana que, curiosamente, ha dado sus mejores frutos en el cine. Tu libro le encantará a aquel que haya disfrutado películas como Vidas cruzadas, Happiness, Magnolia, Crash o Nueve vidas.

Hay unos cuantos lectores que ya me han advertido de cierta agilidad cinematográfica que recorre el libro. Reconozco que ese elemento se me ha colado de forma inconsciente, aunque no me desagrada que así sea. Seguro que además de las influencias literarias que no voy a negar, he recibido influencias musicales y cinematográficas, tanto de las películas que tú apuntas como las primeras de Quentin Tarantino o las de González Iñárritu. Tampoco quería limitar el protagonismo a un único personaje. Un secundario en un relato puede convertirse en protagonista del siguiente. Así es la vida, cada cual protagoniza su propia historia.


9. Ese personaje que evoluciona y aprende y se desilusiona y se enamora y fracasa en el matrimonio y se une con gente poco recomendable, esa ronda interminable que al final es la vida, permite jugar con distintos tonos narrativos. Siguiendo con las alusiones cinematográficas, hay varios relatos en los que juegas con el tono del cine negro. Digo cine porque es un clima no de novela negra, sino un humus de penumbra y violencia, de rencor y amenaza que a la vez está contado con visos muy cotidianos. Un clima, más que un género. El ejemplo más claro es el cuento que da título al libro, narrado además en segunda persona.

Ese tono oscuro y amenazante al que aludes —me quedo con la amenaza antes que con la violencia; la violencia posee un componente demasiado explícito— fue elegido a conciencia, pero no pensando en la tradición del género negro, sino intentando aproximar los cuentos a los dominios del realismo. En alguna ocasión escuché que a un escritor de prestigio le bastaba una rubia, un coche veloz y un revolver en la guantera para escribir una novela. Por el contrario yo no creo que mucha gente cumpla esos tres requisitos, al menos yo no los conozco, no me rodeo de personas así. Fui muy escrupuloso y lo pensé mucho antes de decidirme a introducir el relato “Conozco un atajo que te llevará al infierno” en el libro. No quería que rechinara con respecto al conjunto, quería que estuviera justificado, que el lector lo encontrara en el momento justo para que no provocara ningún sentimiento de rechazo. La segunda persona fue un reto que me impuse, una decisión adoptada a priori. Resultó curioso hablarle al personaje desde el punto de vista de alguien que cree saberlo todo sobre él. Acabe convirtiéndome en la voz de su conciencia.

10. Destacaría la gran atención que tus cuentos muestran al detalle revelador. De nuevo una gran virtud de la narrativa norteamericana -y que sus escritores y guionistas han mostrado siempre tan bien-. Esos detalles dichos sin importancia pero que al lector le permiten entender lo que está pasando por la mente de los personajes sin decirlo. Pondré un ejemplo. En el cuento "Antes de los 30" una pareja retoza en la cama. Contado desde el punto de vista de Andrés, el protagonista, vemos cómo Ata, la chica, lo acosa. Quiere tener un hijo, algo con lo que Andrés no está de acuerdo, y le provoca para hacer el amor. Hay una lucha en el campo de batalla del colchón en el que Andrés termina por mostrar su distanciamiento. Ata se da por vencida y sus deseos se aplacan. Cuando Ata sale del baño, en mitad del ritual de seducción, sale "envuelta con una toalla, con el cabello húmedo y dispuesta a seguir en sus trece". Pero cuando Andrés hace que se dé por vencida, "deja caer la toalla al suelo, se pone unas bragas limpias y la parte superior de mi pijama". Me parece un ejemplo de la sutileza del detalle a la que me refería. No hace falta que expliques lo que ha ocurrido para que lo entendamos.

Estoy convencido que es a través de esos detalles sin importancia y los gestos mínimos como se define la atmósfera y se dibujan los personajes en la literatura que prefiero. Los norteamericanos son maestros en ese terreno. Se han preocupado menos de psicoanalizar a sus personajes que de describir cómo sostienen un vaso de agua, y sin embargo han conseguido transmitir a los lectores mucha más información acerca de esos personajes por la forma en que coge el vaso. A mi entender eso reduce al mínimo la distancia entre la historia y el lector, ayuda a intimar, a identificarse con lo que está leyendo, y esa es una de las finalidades que persigo.

11. Los diálogos y muchas descripciones son muy coloquiales. ¿Cómo has trabajado ese coloquialismo para que no rebajara demasiado el tono general de los cuentos?

Permíteme enlazar con la respuesta anterior. Decía que una de mis aspiraciones es que el lector se reconozca en mis personajes, que se sienta cómodo formando parte de la ficción, que se olvide de que está leyendo. Los diálogos y descripciones deben ser coloquiales en la medida justa. Sé que un personaje literario no debe utilizar las expresiones corrientes con que habla una persona real. No se puede escribir como si se trascribiera una grabación telefónica, he leído unas cuantas y resultan ridículas, acabas por llevarte una idea escasa o deformada de los interlocutores porque careces de la esencia que aporta profundidad a la historia. Me fié de mi instinto como lector a la hora de encontrar el equilibrio preciso entre el coloquialismo que estaba empeñado en transmitir y la reflexión que a cualquier obra literaria se le exige. Una vez tuve montado el libro me dediqué a trabajarlo desde una perspectiva integral; el tono global de la historia me iba solicitando la introducción de elementos más o menos sustanciosos según necesitara inquietar más o menos la atención del lector, con la finalidad de que éste reconociera como propios los sentimientos que no muy a menudo nos atrevemos a formular en voz alta.

12. Destácanos algunos libros de relatos de este comienzo de milenio que te parezcan sobresalientes.

Ya he comentado anteriormente que siento inclinación por “Winesburg, Ohio”. A éste añadiría los cuentos de Hemingway que muy acertadamente ha rescatado la editorial Lumen, y los relatos de Cheever. Con esos tres libros, agua y pan, podría cumplir condena. Y puede que incluso sin pan.

13. Este es tu segundo libro de relatos. Ambos están publicados en editoriales minoritarias. ¿Cuál ha sido tu experiencia a la hora de intentar ser publicado?

¿Puedo gritar?… ¿Se ha oído?... ¿Puedo volver a gritar?... No me consuela en absoluto leer o escuchar que a este escritor o aquel de más allá lo rechazaron tropecientas mil veces antes de ver publicado su libro, siempre tengo la sensación de que están hablando de mí. Aunque sé que esa circunstancia es independiente del resultado obtenido por el escritor e intento que no me desanime. Es lo que hay. Lo acepto.

14. Háblanos de algún relato que en un momento de tu vida te perturbara o impresionara por algún motivo especial, con el que vivieras una de esas epifanías que tanto nos gustan a los escritores.

Hubo un tiempo en que releía con bastante frecuencia “El fin de algo”, de Hemingway. Para mí es una muestra impecable de la mentada teoría del “iceberg” en apenas seis páginas. El primer párrafo describe con trazos veloces y exactos el declive de una población que antaño creció gracias al impulso de un aserradero. Tres o cuatro frases para que el lector comprenda lo importante que fue la industria maderera para el desarrollo del pueblo y lo importante que fue la desaparición de esas instalaciones para empobrecerlo. De repente la historia da un salto de diez años y Hemingway la quiebra para llevarnos hacia una dirección distinta a la que el lector intuía; aparecen dos personajes, Nick y Marjorie, la historia se focaliza en ellos, en la conversación que ambos mantienen y que se extiende las cinco páginas siguientes. El autor nos introduce con suma agilidad en una situación de hastío. El aburrimiento lo colma todo, incluso el ritmo de la narración. El lector se contagia de esa cadencia poco más o menos exasperante. No ocurre nada. Parece que no ocurra nada, únicamente un cuento sin altibajos ha finalizado. El mundo que bullía alrededor del aserradero ha finalizado. La historia de amor entre Nick y Marjorie también ha finalizado. La atmósfera resulta muy flemática y al mismo tiempo absorbente. Cómo me gustaría acercarme una milésima a esa maestría con que Hemingway consigue estremecerme. Me pone los pelos de punta. El diálogo entre los dos personajes da a entender que algo ha pasado con anterioridad, que no es la primera vez que conversan sobre ese algo. El lector lo intuye, adivina lo que el autor calla, aquello que justifica lo que acabamos de leer, aquello que es precisamente gracias a lo que el relato existe. Una maravilla.

Antes, Horton's Bay era un pueblo de madereros y leñadores. Ninguno de sus habitantes se salvaba del ruido de las grandes máquinas de un aserradero que había junto al lago. Pero un año se acabaron los troncos para aserrar. Entonces, las goletas de los madereros anclaron en la bahía y cargaron y se llevaron toda la madera amontonada en el corral. Desmantelaron el gran aserradero de toda la maquinaria transportable, que los mismos hombres que habían trabajado allí embarcaron en una de las goletas. La embarcación se alejó por el lago llevando las dos grandes sierras, el aparato que arrojaba los troncos contra las sierras circulares giratorias y todas las ruedas, correas y herramientas que cabían en ese enorme cargamento de madera. La bodega abierta estaba tapada con lona y de un modo hermético. Una vez henchidas las velas, el barco empezó a navegar por el lago, llevándose todo lo que había hecho del aserradero, un aserradero, y de Horton's Bay, un pueblo.
(Comienzo de "El fin de algo", de Ernest Hemingway)

15. He dejado para el final un comentario sobre algo de lo que los escritores no suelen querer hablar. Tengo la sensación de que este libro es muy personal y que toca tu propia experiencia personal. Habla mucho de ti, no sé hasta qué punto, pero ese tono reivindicativo de Andrés, a veces demasiado duro, sobre todo en los últimos relatos, deja entrever un mensaje secreto cuyo contenido has preferido dejar oculto -lo que por otro lado le da gran parte del encanto elusivo del libro-.

Hasta qué punto habla de mí lo incluiremos en el capítulo “secretos del cocinero”. No voy a negar que el libro rebosa ingredientes personales —creo que en el fondo todo escritor los utiliza—, pero no por eso configuran obligatoriamente una autobiografía. Con sinceridad, no me reconozco en Andrés Tangen, y eso que mi primera intención fue la de alumbrar un alter ego, pero no. A medida que iba definiendo su personalidad notaba cómo se distanciaba más y más de la mía. Para el escritor hay algo muy importante que no lo es tanto para el lector: diferenciar veracidad y credibilidad. La literatura debe ser creíble siempre, y al contrario, veraz puede dejar de serlo en cualquier momento. El escritor deberá disimular sus verdades con verosimilitud, ese es su trabajo. En mi relato “11 de julio de 2004” hablo de Marc, un recién nacido ingresado en la unidad de intensivos de un hospital. Mi segundo hijo nació el 11 de julio de 2004, se llama Marc y estuvo 20 días en la U.C.I. Con esos datos se puede deducir que es un relato autobiográfico. Sin embargo mi hija también estuvo en la U.C.I. cuando nació en enero de 1999, cinco años antes, y puedo asegurar que en ese relato recojo sentimientos que anidaban en mi interior desde entonces, esperando esa segunda experiencia para ser recogidos por escrito.

16. Y para acabar, ¿puedes indicarnos algún escritor actual (de novela o relatos, español o extranjero) que a tu juicio esté infravalorado y otro que, también a tu libre juicio, esté sobrevalorado?

Haré patria y como escritor infravalorado nombraré a uno de la tierra. Siempre me he declarado “Calcediano”. Considero que Gonzalo Calcedo es una pieza irreemplazable en la narrativa actual, y lamento que no se reconozca lo suficiente todo lo que ha hecho por el cuento español, tan al rebufo siempre de la tradición hispanoamericana. ¿Escritor sobrevalorado?: no acabo de encontrarle la gracia a Haruki Murakami, pero esto también lo he comentado con algún que otro escritor amigo y me dicen que es cuestión de seguir leyéndolo. Estoy en ello.

14 octubre 2009

Nace "En el camino".

Después de una larga y cuidadosa gestación de más de un año, al fin el proyecto ideado y dirigido por Ana Muñoz de la Torre echa a andar. En el camino engloba a un conjunto de cursos itinerantes de literatura y rutas literarias que promete dar que hablar. Me alegra mucho haber sido invitado por Ana a esta bonita idea, impartiendo un curso sobre "El personaje", tanto en la novela como en el relato corto, y formar parte de ese conjunto de estupendos profesores de los que podéis tener noticia entrando en la recién inaugurada página web. Pasar por allí es la mejor forma de enterarse de los detalles de "En el camino". Espero que nos encontremos pronto, allí donde todo suceda.